EL REINO EN PARÁBOLAS
* Una parábola es una narración que pretende enseñar a través de una ilustración. Jesús contaba historias usando ejemplos terrenales para comunicar un mensaje espiritual; sin embargo, muchos se quedaban sólo con la historia terrenal, porque no tenían el don para comprender su profundidad. Esa comprensión no era común en aquel tiempo, debido a que el Espíritu Santo aún no había sido derramado sobre los santos (apartados para Dios), porque Jesús aún no había sido glorificado, y sólo aquéllos a los que Jesús tenía cerca tendrían el privilegio de entender. El apóstol Pablo, dijo: "El que no tiene el Espíritu no puede aceptar lo que viene del Espíritu de Dios, pues le parece una locura. No lo puede entender, porque hay que discernirlo con la ayuda del Espíritu" (1Co 2:13-14 NBV)
Gracias a la obra de Jesús en la cruz, ahora es diferente, porque, una vez glorificado por Dios el Padre, Jesucristo nos da de Su Espíritu cuando creemos que Él es nuestro Redentor. Los creyentes ahora sí podemos entender las Escrituras, que es palabra viva, cuando las leemos, porque el Espíritu de Cristo en nosotros es quien nos da oídos para oír (v.9), es decir, la capacidad de entender las cosas espirituales.
Cuando Jesús quedó solo, los doce que Él había escogido y los que estaban cerca de Él le preguntaron qué había querido decir con la parábola, y Él les respondió: "A ustedes se les permite entender el secreto del reino de Dios; pero utilizo parábolas para hablarles a los de afuera, para que se cumplan las Escrituras" (NTV), que dicen (citando a Isaías): "por mucho que vean, no perciban; por mucho que oigan, no entiendan; no sea que se conviertan y sean perdonados" (NVI). En seguida, les explicó la parábola, diciendo: "el sembrador siembra la palabra"; los de junto al camino son aquéllos que oyen la Palabra, pero "tan pronto como la oyen, viene Satanás y les quita la palabra sembrada en ellos". La siembra que cae en terreno pedregoso, son aquéllos que "cuando oyen la palabra, de inmediato la reciben con alegría, pero como no tienen raíz, duran poco tiempo. Cuando surgen problemas o persecución a causa de la palabra, enseguida se apartan de ella". La semilla que cae entre espinos, son los que "oyen la palabra, pero las preocupaciones de esta vida, el engaño de las riquezas y muchos otros malos deseos entran hasta ahogar la palabra, de modo que esta no llega a dar fruto". Pero aquella semilla que cae en buen terreno, son los que "oyen la palabra, la aceptan y producen una cosecha que rinde treinta, sesenta y hasta cien veces más" (NVI). (4:10-20)
* Si leemos bien, podemos concluir que, lamentablemente, la mayoría de los ejemplos no se refieren a incrédulos, sino a personas que creen cuando se les habla la Palabra, sin embargo, por las razones explicadas por el Señor, no todos dan fruto, y terminan perdiéndose. Estas palabras también las dijo Jesús: "muchos son llamados y pocos escogidos" (Mt 22:14).
Los del camino son como los descritos por Pablo en su segunda epístola a los corintios, cuando dijo: "si todavía nuestro evangelio está velado, para los que se pierden está velado, en los cuales el dios de este mundo (Satanás) ha cegado el entendimiento de los incrédulos, para que no vean el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios" (2Co 4:3 NBLA).
En cambio, los que fueron sembrados en pedregales y entre espinos, Jesús dijo que recibieron la palabra con gozo, pero evidentemente nunca llegaron a ser salvos, porque la recibieron de manera superficial, y no con un corazón dispuesto a ser transformado por ella. El Apóstol Juan, refiriéndose a algunos que habían apostatado de la fe, escribió: "salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros" (1 Jn 2:19), afirmando con esto que la salvación se tiene o no se tiene, pero no se pierde.
Un ejemplo bíblico, donde queda claro que no basta con creer, es la historia de Simón, el mago de Samaria que, habiendo creído la palabra predicada por Felipe, fue bautizado en el Nombre de Jesús, junto a otros que también creyeron; sin embargo, dice la Escritura, que ninguno de los bautizados había recibido aún el Espíritu Santo, que es el sello de garantía que nos da Dios, que indica que somos suyos; consecuentemente, aunque estaban bautizados, ninguno era salvo todavía. De hecho, cuando Simón vio que, por la imposición de manos de los apóstoles, todos recibían el Espíritu Santo, él quiso comprar ese poder, lo que motivó que Pedro lo reprendiera fuertemente diciéndole: "Tu dinero perezca contigo" (Hch 8:20), y lo exhortó a arrepentirse, y a rogar a Dios por si quizás recibiera perdón por esos pensamientos perversos. Puesto que el Espíritu Santo no había venido a Él, porque su corazón no era recto, es evidente que Simón no estaba arriesgando perder su salvación, ya que, aunque había creído, e incluso fue bautizado, no era salvo.
** Reflexionando en las palabras de Jesús, cuando dijo que los misterios del reino sólo se dan a conocer a los que creen (v.11), podemos comprender por qué muchos de los incrédulos desechan la Biblia, argumentando que no la entienden. Pero los planes de Dios son perfectos, y ése no es motivo para alguien se pierda, porque, cuando Dios llama, al mismo tiempo que llama, cura la ceguera y sordera del corazón, abriendo el entendimiento para que, el que oye el evangelio, crea y sea movido al arrepentimiento para perdón de pecados. Como dice la Escritura: "Despierta además el oído de ellos para la corrección, y les dice que se conviertan de la iniquidad. Si oyeren, y le sirvieren, acabarán sus días en bienestar, y sus años en dicha. Pero si no oyeren, serán pasados a espada, y perecerán sin sabiduría" (Job 36:10-12). Ahora bien, es cierto que un nuevo creyente va a tener dificultades para entender todo lo que lee en las Escrituras, pero puede estar tranquilo, porque el Espíritu que Dios ha hecho morar en él, no lo dejará estar ocioso, y lo empujará a buscar, y le irá abriendo el entendimiento, de modo que, si el creyente es manso y se deja guiar, perseverando todos los días, con el tiempo se llenará de sabiduría de lo alto y de fe.
En ese sentido oraba Pablo por los nuevos creyentes, diciendo: "Mi oración es que los ojos de vuestro corazón sean iluminados, para que sepáis cuál es la esperanza de su llamamiento, cuáles son las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros los que creemos..." (Ef 1:18-19 NBLA); "le ruego (al Padre) que Él les conceda a ustedes, conforme a las riquezas de Su gloria, el ser fortalecidos con poder por Su Espíritu en el hombre interior; de manera que Cristo habite por la fe en sus corazones. También ruego que, arraigados y cimentados en amor, ustedes sean capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento, para que sean llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios." (Ef 3:16-19 NBLA).
También dijo Jesús: "¿Acaso se trae la luz para ponerla debajo del almud, o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero?, y añadió: "no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz". Volvió a decir que "Si alguno tiene oídos para oír, oiga". Por último, les dijo que pusieran atención a las palabras que le oían hablar, porque "con la medida con que ustedes midan, se les medirá, y aun más se les dará. Porque al que tiene, se le dará más, pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará". (4:21-25)
* Me encanta cómo la Biblia Nueva Traducción Viviente traduce los versículos 24-25, pues, a mi parecer, ése es el significado exacto de los dichos de Jesús: "Cuanto más atentamente escuchen, tanto más entendimiento les será dado, y se les dará aún más. A los que escuchan mis enseñanzas se les dará más entendimiento, pero a los que no escuchan, se les quitará aun lo poco que entiendan" (Mr 4:24-25 NTV). En aquel tiempo, era común que los relatos se hicieran de forma oral, por eso Jesús habla de "escuchar atentamente", pero, en estos tiempos no sólo podemos escuchar la Palabra de Dios, sino leerla. En el fondo, lo que Jesús quiere decir es que, mientras más interés ponga el creyente en buscar las cosas espirituales, más entendimiento le será dado. Por el contrario, la indiferencia producirá sequía del corazón.
Así dice la Biblia: "Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra" (2Tim 3:16-17 NBLA). Es decir, Dios no nos dio su Palabra para que nos llenemos de conocimiento intelectual, sino para que vivamos según ella, y así sea evidente que somos cristianos. Ése es el significado del versículo que habla de la luz que no se debe esconder, y a eso nos exhorta el Señor, cuando dice: "Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos (los que aún no viven bajo el señorío de Jesucristo) puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben a su Padre que está en los cielos" (Mt 5: 16 NVI).
También dijo Jesús: "... todo lo que está escondido tarde o temprano se descubrirá y todo secreto saldrá a la luz" (v.22 NTV). Este versículo es muy similar al que dice: "por sus frutos los conoceréis" (ver Mt 7:17-20). Por tanto, si no nos sentimos incómodos cuando actuamos de manera contraria a lo que el Señor nos manda, es motivo de preguntarnos si en verdad somos de Él. Si tenemos dudas, ésta debe ser nuestra oración diariamente: "Examíname, Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. Señálame lo que en mí te ofende, y guíame por la senda de la vida eterna" (Sal 139:23-24 NBV).
Luego, Jesús explicó: "El reino de Dios es como un agricultor que esparce semilla en la tierra. Día y noche, sea que él esté dormido o despierto, la semilla brota y crece, pero él no entiende cómo sucede. La tierra produce las cosechas por sí sola. Primero aparece una hoja, luego se forma la espiga y finalmente el grano madura. Tan pronto como el grano está listo, el agricultor lo corta con la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha"(NTV). (4:26-29)
* Cada uno de los creyentes hemos sido llamados a ser sembradores de la semilla de la Palabra, pero Dios es el que da el crecimiento. A veces nos angustiamos cuando vemos que las personas a las que hablamos del Evangelio no parecen haber sido impactadas, pero sólo Dios sabe si la semilla plantada dará fruto. El Señor es el que llama; nosotros somos sus obreros, y no debemos dejar de sembrar, aunque a nuestros ojos pareciera que estuviéramos sembrando en el desierto.
Y continuó diciendo: "¿Cómo puedo describir el reino de Dios? ¿Qué relato emplearé para ilustrarlo?" (NTV). Entonces comenzó a decir: "Es como el grano de mostaza, que cuando se siembra en tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; pero después de sembrado, crece, y se hace la mayor de todas las hortalizas, y echa grandes ramas, de tal manera que las aves del cielo pueden morar bajo su sombra". (4:30-32)
* A veces, unas pocas palabras que salgan de nuestra boca, que hablen de la cruz, de la fe, de la salvación que tenemos en Jesús, del perdón de pecados, de la vida eterna, serán como pequeñas semillas que quedarán plantadas en el corazón de quienes oyen, las que quizás lleguen a convertirse en un árbol que da mucho fruto para el Reino de los cielos.
El Señor siempre habló en parábolas para enseñar, usando ejemplos que sus oyentes eran capaces de entender, "Sin parábolas no les hablaba. En cambio, cuando estaba a solas con sus discípulos les explicaba todo." (NBV). (4:33-34)
JESÚS CALMA LA TEMPESTAD
Al llegar la noche, mientras aún estaba en la barca, Jesús propuso a sus discípulos pasar a la otra orilla, así que, habiendo despedido a la gente, salieron en la barca; y otras barcas les seguían. Durante el trayecto, Jesús se acomodó en la popa, y se durmió sobre el cabezal. De pronto, se inició una gran tempestad de viento, y las olas azotaban la barca, por lo cual comenzaron a anegarse. Los discípulos desesperados, despertaron al Maestro, diciéndole: "¿no tienes cuidado que perecemos?". Entonces Jesús se levantó, reprendió al viento y dijo al mar: "Calla, enmudece", y todo volvió a la calma. Dirigiéndose a los discípulos, les dijo: "¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?". Entonces se llenaron de temor, y se preguntaban unos a otros: "¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?" (4:35-41)
* La fe no nos exime de vivir aflicciones; tener fe significa que, ya sea que estemos bien o en medio de la aflicción, confiamos en la soberanía de nuestro Rey, convencidos de que Él está obrando conforme a sus perfectos propósitos. Las aflicciones del creyente son para santificación; en cambio, los que están en rebelión contra Dios obtienen lo que temen. En otras palabras, si es necesario, los creyentes padeceremos tribulaciones, porque a través de ellas seremos perfeccionados y afirmados en la fe, pero debemos tener la tranquilidad de que ningún padecimiento será en vano, y Dios dará la salida. Quizá no lo comprenderemos en esta vida, pero sin dudas, hay un propósito superior en cada aflicción de un hijo de Dios.
** Jesús vino como un ser humano de carne y sangre, y se cansaba, por eso se durmió profundamente mientras navegaban (v.38); pero también era Dios con nosotros, porque ¿Quién puede tener control sobre la naturaleza, sino su Creador? Y también sabemos, porque las Escrituras lo dicen, que Jesús es el Logos por medio del cual el Gran Yo Soy creó todo. Nada está fuera del control de Jehová; Él es soberano sobre toda su creación.
UN EJEMPLO DE SALVACIÓN
Viniendo en la barca, llegaron a la región de los gadarenos, donde había un hombre endemoniado que vivía en los sepulcros. De día y de noche recorría los sepulcros y los montes gritando, e hiriéndose con piedras. Cada vez que la gente lo encadenaba, él lograba quitarse las cadenas, y desmenuzar los grillos. Cuando el hombre poseído divisó a Jesús a lo lejos, corrió hacia Él, y se arrodilló diciendo: "¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes", porque Jesús ordenaba al espíritu inmundo salir del hombre. Entonces Jesús le preguntó por su nombre, y el demonio contestó "Legión me llamo; porque somos muchos". Cerca del monte donde se encontraban, había un gran hato de cerdos paciendo; entonces los demonios rogaron a Jesús que no los echase de esa región, y que les permitiera entrar en los cerdos, que eran como dos mil. Jesús les autorizó entrar en los cerdos, y en cuanto lo hicieron, los cerdos se precipitaron al mar, y se ahogaron. Entonces, los que apacentaban a los cerdos, al ver lo sucedido, corrieron a dar aviso a los de la ciudad y los del campo, y les contaron lo que había sucedido con el endemoniado y los cerdos. Impresionados de ver que el hombre que había estado endemoniado ahora estaba vestido y en juicio cabal, tuvieron miedo, y todos rogaban a Jesús que se fuera. Mas el que había sido sanado, le rogaba al Señor que le permitiese permanecer con Él, pero Jesús le respondió: "Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti". El hombre hizo lo que Jesús le mandó, y todos se maravillaban de escuchar su testimonio. (5:1-20)
* Este evento no es una parábola, sino el relato de uno de los tantos milagros que Jesús realizó, sin embargo, quedó escrito, porque contiene un profundo mensaje espiritual:
El endemoniado representa el estado de la humanidad antes de tener una relación íntima con el Hijo de Dios. Todos nacimos bajo la potestad de Satanás, dominados por el pecado, y ninguno de nosotros tenía ni la capacidad ni el interés de dejar lo que éramos, hasta que Dios abrió nuestros oídos para que oyéramos su llamado, y nuestros ojos para que viéramos a Jesucristo nuestro Salvador, "el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén" (Ro 9:5).
Quizás, muchas veces en el pasado, sentimos la necesidad de liberarnos de hábitos pecaminosos que nos hacían daño, pero no teníamos el poder para hacerlo, porque Satanás nos mantenía cautivos, y sólo oíamos su voz: estábamos muertos en delitos y pecados, influenciados por las cosas del mundo, que es semejante a vivir en medio de los sepulcros, donde este endemoniado tenía su morada (vv.2-3), pero gracias a Jesucristo, fuimos resucitados de entre los muertos por el pecado, y nos fue dada una nueva vida en el espíritu, mediante la fe.
El hato de cerdos (vv.11-13), de acuerdo a lo que hemos aprendido de las Escrituras, simboliza a aquéllos que no conocen la Verdad, porque, igual que los cerdos, no les incomoda vivir en la inmundicia. Dice la Escritura: "Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo..." (Mt 12:43). Un lugar seco es un lugar donde no está la presencia del Espíritu Santo. Es decir, el o los espíritus inmundos no desaparecen cuando son expulsados, sino que salen a buscar un lugar que les acomode para hacer su morada, como es el corazón de un incrédulo que ama vivir en pecado, tal como los cerdos aman sus porquerizas.
Otra enseñanza que deja esta historia es que muchos rechazan a Jesús (vv. 14-17), porque no quieren abandonar sus estilos de vida llenos de pecado. Sin embargo, afirmamos con convicción que, dejar una vida de pecado no requiere gran esfuerzo cuando uno ha abierto su corazón a Jesús, porque es el mismo Espíritu Santo, que ha venido a morar en el creyente, el que lo empuja a desechar lo que le hace mal, y a adoptar nuevos hábitos que le harán crecer espiritualmente. Con todo, no somos objetos pasivos en el proceso de santificación, porque es nuestra la responsabilidad de escoger obedecer el consejo de Dios antes que seguir permitiendo ser engañados por las promesas de placer que ofrece el mundo. Además, ya no tenemos justificación para inclinarnos hacia el pecado, porque en Cristo ahora somos libres para escoger lo que nos conviene, pues, ya no somos esclavos de las tinieblas como para que estemos obligados a obedecerlas. Es un hecho que, el que llegó a Cristo con un corazón arrepentido, estará deseoso de abandonar lo que antes lo esclavizaba. En este pasaje, lamentablemente, los que apacentaban a los cerdos, habiendo sido testigos del milagro hecho por Jesús, en vez de dar gracias a Dios, y rogar a Jesús que permaneciera con ellos más tiempo, le pidieron que se fuera, porque mayor que el milagro presenciado, era el dolor de haber perdido a sus cerdos, lo que representa el apego a las cosas mundanas.
Por último, el hombre que fue liberado de los espíritus inmundos deseaba estar donde estuviera Jesús (vv.18-20), pero su misión era quedarse en el mismo lugar, a fin de compartir con los suyos el mensaje de la transformación que Jesús había hecho en él. Todos los que hemos sido justificados en la Sangre de Jesús quisiéramos ir donde está Él, pero, aunque ya no somos del mundo, debemos seguir aquí como sus testigos, porque es necesario que muchos más conozcan el evangelio de la salvación por gracia. Como decía el Apóstol Pablo: "Porque para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia. Ahora bien, si seguir viviendo en este cuerpo representa para mí un trabajo fructífero, ¿qué escogeré? ¡No lo sé! Me siento presionado por dos posibilidades: deseo partir y estar con Cristo, que es muchísimo mejor, pero por el bien de ustedes es preferible que yo permanezca en este cuerpo" (Fil 1:21-24 NVI).
Igual como Jesús venció al mundo, nosotros, por su Espíritu, podemos vencerlo también.
TRANSITANDO DEL PACTO MOSAICO AL PACTO DEL ESPÍRITU
Volvieron a la barca, y atravesaron a la otra orilla y, estando junto al mar, se reunió una gran multitud a su alrededor. Entonces, vino hasta Jesús uno de los líderes de la sinagoga, llamado Jairo, quien se postró ante él, rogándole que sanara a su hija que agonizaba, diciendo: "ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá". Mientras se dirigían a casa de Jairo, una gran multitud les seguía y apretujaba. Fue cuando una mujer, que hacía doce años sufría de hemorragias, quien había gastado todo lo que tenía para sanarse, pero sólo había conseguido empeorar su condición, vino por detrás, y tocó el manto de Jesús, pensando para sí: "Si tocare tan solamente su manto, seré salva". Tan pronto tocó a Jesús, la fuente de su flujo se secó, y fue sanada. Jesús, sintiendo que había salido poder de Él, preguntó: "¿Quién ha tocado mis vestidos?". La mujer, muy asustada, confesó que había sido ella, y Jesús le dijo: "Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote". Mientras ocurría esto, vinieron de la casa de Jairo para avisarle que su hija había muerto, pero Jesús le dijo: "No temas, cree solamente", y pidió que nadie más los acompañara, excepto Pedro, Juan y Jacobo. Cuando llegaron a casa de Jairo, Jesús vio a los que endechaban, y les mandó dejar de hacer alboroto, porque "la niña no está muerta, sino duerme", les dijo. Todos comenzaron a burlarse, así que los echó fuera, y llevó a la habitación de la niña a sus padres y a los discípulos que lo acompañaban; y tomando la mano de la niña, dijo: "Talita cumi", que quiere decir: "niña, a ti te digo, levántate". Y la niña, que tenía doce años, se levantó, y andaba por todas partes. Jesús les encomendó que no divulgaran este milagro, y les pidió que alimentaran a la niña. (5:21-43)
* Estos dos milagros deben relatarse juntos, porque el Espíritu los usa no sólo para exaltar y recordarnos las maravillas que hizo Jesús durante su ministerio terrenal, confirmando que Él era el Mesías, sino porque también guardan un mensaje espiritual. Si bien es cierto, de ambos milagros podemos extraer hermosas enseñanzas sobre la fe en Jesucristo, que tanto la mujer como el padre de la niña mostraron, por lo cual se les concedieron sus deseos, esta vez, iremos más profundo aún, para ver lo que el Espíritu estaba anunciando a través de ellos.
Marcos dice que la agonizante hija del líder de la sinagoga tenía doce años (v.42); como doce años también llevaba la mujer padeciendo de hemorragias. El número doce estaría señalando a la nación de Israel con sus doce tribus. Tanto la agonía y posterior muerte de la niña, así como la enfermedad de la mujer, indicaban que al pacto mosaico no le quedaban muchos días, y estaba próximo a ser reemplazado por el nuevo y mejor Pacto, anunciado por los profetas, que promete salvar a Israel no por obras que hubieran hecho, sino por la fe en su Mesías, quien ya se encontraba entre ellos. Aquí están los argumentos:
No más sacrificios de sangre
El Pacto instituido en el monte Horeb demandaba el constante derramamiento de sangre de animales puros, a fin de expiar los pecados de Israel para ser justificados ante Jehová. Estas ceremonias se realizaban periódicamente, y no podían cesar, porque la sangre de los animales no tiene el poder de purificar para siempre. Para que el sacrificio tuviera valor perpetuo, se demandaba el sacrificio de un hombre perfecto, sin pecado, para que derramara su sangre como sustituto de los pecadores; esto, porque sólo el ser humano fue hecho a imagen y semejanza de Dios.
La mujer con flujo de sangre representa esas ceremonias, las cuales, con la venida del Mesías, llegaban a su fin, lo que se confirma con la sanidad instantánea que experimentó la mujer al tocar a Jesús (vv.28-29). Porque Jehová envió a su Hijo Unigénito para que se ofreciera en sacrificio como el Inmaculado Cordero de Dios, cuya sangre preciosa iba a ser derramada a favor de los pecadores. Ningún otro humano podía hacerlo, porque sólo Jesús fue concebido sin pecado, motivo por el cual sólo Su sangre tiene el poder de expiar de una vez y para siempre los pecados de los descendientes de Abraham según la fe, que no son sólo el remanente de los hijos de Israel, llamados a ser salvos por gracia, sino, como dice la promesa, gente de "todas las naciones de la tierra" (Gn 18:18), que son bendecidas en Abraham, porque creen que Jesús es el Salvador de sus almas, pues, "los verdaderos hijos de Abraham son aquellos que viven por la fe" (Ga 3:7 NVI).
No más obras, sólo fe
En cuanto a la niña que agonizaba, no se trataba de cualquier niña; era la hija de uno de los principales de la sinagoga; por tanto, la niña representa la doctrina que por siglos se había enseñado a los judíos, de que, si cumplían lo que la Ley mandaba, iban a ser justificados delante de Jehová, y tendrían vida eterna. Pero lo cierto es que "nadie llegará jamás a ser justo ante Dios por hacer lo que la ley manda" (Ro 3:20 NTV), "porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos" (Stg 2:10). Por tanto, puesto que nadie puede cumplir toda la Ley, en vez de salvar, la Ley condena. Pero esto no significa que Dios hubiera fallado en su plan; las Escrituras lo dicen: la Ley mosaica no fue dada para salvar, sino para mostrar "lo pecadores que somos" (Ro 3:20 NTV); "la ley fue nuestra maestra que nos condujo a Cristo, para que fuésemos justificados por medio de la fe" (Ga 3:24 NBV).
De modo que, "Dios hizo lo que la ley no podía hacer, y, llegado el tiempo propicio, envió a su propio Hijo en un cuerpo como el que nosotros los pecadores tenemos; y en ese cuerpo, mediante la entrega de su Hijo como sacrificio por nuestros pecados, Dios declaró el fin del dominio que el pecado tenía sobre nosotros" (Ro 8:3 NTV). Debido a que "era imposible que la muerte lo mantuviera bajo su dominio" (Hch 2:24 NVI), por cuanto, durante toda su vida "Él no cometió ningún pecado ni hubo engaño en su boca" (1Pe 2:22 NVI), a los tres días Dios lo resucitó, y ahora vive, y está "sentado a la diestra del trono de la Majestad en los cielos" (He 8:1 NBLA). Por tanto, habiendo muerto y resucitado como nuestro sustituto, Jesús ha cancelado "el documento de deuda que consistía en decretos contra nosotros y que nos era adverso, y lo ha quitado de en medio, clavándolo en la cruz" (Col 2:14 NBLA), y nos hizo libres, nuevas criaturas, pues, "mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte. De modo que, así como Cristo resucitó por el glorioso poder del Padre, también nosotros andemos en una vida nueva" (Ro 6:4 NVI).
En resumen, el nuevo Pacto se trata de que Dios nos salva por gracia, no por obras; es decir, por la fe, que "es don de Dios" (Ef 2:8). "El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él" (Jn 3:36 NBLA).
Mientras el pueblo judío no reconozca a Jesús como su Mesías, está en la misma condición de esta niña, quien estuvo muerta hasta que oyó la voz de su Redentor. Pero si se arrepiente de su pecado de incredulidad, también los hijos de Jacob resucitarán a una nueva vida de la mano de Jesucristo.
** Luego de resucitar a la niña, Jesús mandó que le dieran alimento; esto es, porque todo nuevo recién nacido necesita ser alimentado para crecer. El alimento que todos los resucitados en Cristo necesitamos cada día es la enseñanza de la Palabra de Dios, para crecer en el conocimiento de Dios y de Aquél que murió en nuestro lugar; de lo contrario, seremos creyentes desnutridos, fáciles de engañar, y de derribar ante las aflicciones. "No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4:4). Creer es sólo el principio, el crecimiento lo da Dios, y su Palabra es el alimento principal.
*** Para finalizar este capítulo, quiero reflexionar en una pregunta que se escucha frecuentemente en los medios cristianos: ¿Por quién murió Jesús? ¿Sólo por los creyentes o por todo el mundo?
El Apóstol Juan parece resolver ese dilema al decir que Jesús "es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo" (1Jn 2:2). Sin embargo, no sabemos si al decir "nosotros", hablaba como judío o como cristiano. Si hablaba como judío, "todo el mundo" puede referirse al resto de las naciones; pero si hablaba como cristiano, "todo el mundo" significa "todo el mundo".
Pero, para evitar enredarnos, creo que hay que separar dos conceptos: la ofrenda por los pecados, y la fe que salva. Para ponerlo en palabras simples: si alguien te envía un regalo, pero tú lo rechazas, ya no podrás hacer uso de él; por el contrario, si al ver el regalo, lo estimas invaluable, porque sabes que no lo mereces; lo recibes con humildad y gratitud, postrándote ante quien te lo da, y comienzas a disfrutarlo.
La sangre derramada por Jesús en la cruz tiene poder para expiar los pecados de toda la humanidad, no obstante, para que nuestros pecados sean perdonados, debemos creer y rendirnos ante Aquél que se ofrendó por nosotros.
Hay quienes rechazan el regalo de Jesucristo, y hay quienes lo reciben con júbilo. Esto último es la salvación por fe.
Dios envió a su Hijo "para que todo el que crea en él tenga vida eterna" (Jn 3:15)
(Continuar Estudio en Marcos Tercera Parte)
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