EL MESÍAS INICIA SU MINISTERIO
* Los designios de Dios, por lo general, tienen cumplimiento en el ámbito terrenal, y otro en la esfera espiritual. Por lo mismo, las Escrituras, casi siempre, tienen esa doble lectura: una es la que relata los hechos tal como sucedieron en el tiempo y espacio; y la otra, es lo que eso significa en el ámbito espiritual. Cuando llegamos al Nuevo Testamento, un gran número de los milagros protagonizados por el Mesías, aparte de ser hechos reales, quedaron escritos para ser discernidos espiritualmente.
La porción de Isaías que Jesús escogió leer (Is 61:1-2), hablaba de que el Ungido de Jehová vendría a curar de toda enfermedad al pueblo: a dar vista a los ciegos, oído a los sordos, voz a los mudos, que haría que los cojos caminaran, y sacaría de sus prisiones a los oprimidos. La profecía ya había empezado a cumplirse en medio del pueblo, pues, el Siervo de Dios había comenzado a hacer muchos milagros de sanación, los cuales, como dice el mismo Nuevo Testamento, tenían por finalidad confirmar que Él era el Mesías. Con todo, lo realmente milagroso era lo que estaba comenzando a suceder en el corazón de los que recibían el mensaje que Jesús predicaba.
Porque, aunque no todos hemos padecido las enfermedades físicas mencionadas, sí podemos asegurar que todos llegamos a Cristo aquejados de sordera y ceguera espirituales; y debido a que éramos esclavos de las tinieblas, éramos incapaces de buscar y querer sujetarnos al Dios que nos creó. Pero cuando Jesús llama, por su Palabra nos abre el oído, para que oigamos el llamado y comprendamos el mensaje; nos da la vista, al quitar las tinieblas que cubren los ojos de nuestro entendimiento, para que creamos y nos arrepintamos; y nos libra de la cárcel espiritual donde estábamos cautivos.
Así mismo, es Jesús, por Su Espíritu en nosotros, quien nos sana de la invalidez de nuestros pies y manos espirituales, que nos impiden andar en Sus caminos y hacer Su Voluntad, y nos ayuda a construir sendas rectas para nuestros pies, y nos guía "para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas" (Ef 2:10 NBLA). Él también cambia nuestro corazón, y pone en nuestra boca un cántico nuevo, que nos impulsa a alabar al misericordioso Dios que nos salva, y a anunciar las virtudes de Aquél que nos llama de las tinieblas a su luz admirable.
PERO LOS SUYOS NO LE RECIBIERON
Aunque los nazarenos tenían un buen concepto de Jesús, y reconocían que las palabras que salían de su boca eran llenas de gracia, se decían unos a otros: "¿No es éste el hijo de José?". Entonces Jesús les dijo: "Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra". Y agregó, "de cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra". Les recordó lo que decían las Escrituras, cuando no llovió por tres años y medio, y Elías fue enviado, no a una viuda de Israel, que había muchas, sino a una viuda de Sarepta de Sidón (ver 1Re 17:8-16); asimismo, habiendo muchos leprosos en Israel en tiempos de Eliseo, el único leproso que recibió sanación fue un general sirio, de nombre Naamán (ver 2Re 5:1-14). Cuando oyeron esto los de la sinagoga, se airaron y echaron a Jesús fuera de la ciudad, y lo llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual Nazaret estaba construida, con la intención de tirarlo desde allí, pero Jesús se escabulló en medio de ellos, y se fue. (4:22-23)
* Para los nazarenos, Jesús se había convertido en un predicador extraordinario, pero, como lo habían visto crecer y desarrollarse como cualquiera de sus hijos, y además conocían a su sencilla familia, quizás pensaron que Jesús desvariaba al hacer suyas las palabras del profeta Isaías (v.21). En respuesta a su incredulidad, Jesús les dijo "que ningún profeta es bien recibido en su propia tierra" (Lc 4:24 NBLA), recordando, probablemente, que, en el pasado, casi todos los profetas de Dios fueron escarnecidos, y otros tantos asesinados por los hijos de Israel, de lo cual las mismas Escrituras dan cuenta. Además, hirió el orgullo hebreo al declararles que, en el pasado, un par de gentiles —la viuda de Sarepta y el general sirio (vv.24-27)— habían sido considerados más dignos que los de Israel, (por causa de su fe), de un milagro de parte de Dios.
Al hacer este último comentario, probablemente, Jesús tuvo la intención de comenzar a abrir ese misterio que permaneció oculto desde la antigüedad, que es "que los no judíos son, junto con Israel, beneficiarios de la misma herencia, miembros de un mismo cuerpo y participantes igualmente de la promesa en Cristo Jesús mediante el evangelio." (Ef 3:6 NVI). Para ese entonces, —y aunque, no sólo en la promesa hecha a Abraham estaba implícito, sino a través de todas las Escrituras— los judíos ni siquiera sospechaban, porque aún no se les había abierto el entendimiento, de que los gentiles también serían coherederos con ellos de todos los beneficios como pueblo de Dios. Tal misterio sólo fue revelado al mundo después de la resurrección de Jesús, siendo el apóstol Pablo el encargado de ir y predicar a los gentiles el evangelio de la salvación por la fe en la sangre del Hijo de Dios.
Mateo concluyó su relato de este pasaje, diciendo: "Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos" (Mt 13:58). Las mismas Escrituras explican el porqué de que Jesús no hiciera allí tantos milagros, y es que "sin fe es imposible agradar a Dios. Porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe, y que recompensa a los que lo buscan" (He 11:6 NBLA).
También las Escrituras enseñan que la fe se perfecciona por las obras, porque "la fe por sí misma, si no tiene obras, está muerta" (Stg 2:17 NBLA). En otras palabras, tener fe no sólo significa creer en Dios, sino hacer Su Voluntad. En los ejemplos citados por Jesús, tanto la viuda de Sarepta como el sirio Naamán, aun siendo gentiles, creyeron en las palabras de los profetas del Dios de Israel, y actuaron en consecuencia, por lo cual, recibieron el milagro que esperaban. No fue así en Nazaret, y Jesús sólo retribuyó con milagros la fe de unos pocos que creyeron en Él.
JESÚS Y LOS DEMONIOS
* Como veníamos diciendo, la fe verdadera se demuestra por las obras; en otras palabras, la fe que salva se hace evidente por el fruto que el Espíritu Santo va produciendo en el que cree. Pero no todos los que creen son salvos. Santiago lo dejó muy claro al decir: "Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan" (Stg 2:19). Aquí vemos un demonio que reconocía que Jesús era el Santo de Dios (v.34), sin embargo, evidentemente ese demonio, aunque creía en el Hijo de Dios, estaba irremediablemente condenado al fuego eterno.
Es muy lamentable decir que, muchos que se dicen cristianos no son salvos, y esto es, porque no se han arrepentido de su pecado como para recibir, de parte de Dios, el sello del Espíritu Santo, que es la garantía de salvación para los que creen y se arrepienten. Cuando el Espíritu Santo hace su morada en el creyente, produce en él tanto el querer como el poder hacer la Voluntad de Dios. Sin el Espíritu, es imposible sujetarse a la voluntad de Dios. Como dice la Escritura: "Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos; pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. Así que, por sus frutos los conocerán" (Mt 7:15-29 NBLA).
** En su primera epístola, el apóstol Juan escribió: "... El Hijo de Dios se manifestó con este propósito: para destruir las obras del diablo" (1Jn 3:8 NBLA). El espíritu inmundo de este pasaje conocía bien el motivo de la presencia del Santo de Dios en la tierra, y temía: "¿Has venido para destruirnos?" (v.34).
Aunque Jesús no vino para destruir demonios, pues, su destrucción está reservada para el final de los tiempos, sí vino a despojar a Satanás del poder que le permitía mantener cautiva a la humanidad. Como dice Mateo, Jesús vino para salvar al pueblo de Dios de sus pecados, porque el pecado es el aguijón de la muerte; es decir, el medio por el cual Satanás esclaviza a la humanidad, y la condena a la muerte eterna.
Si bien no todos serán salvos, porque no todos creerán que la sangre que Jesús derramó en la cruz tiene el poder de limpiar los pecados para siempre, y, por tanto, de librar del poder de Satanás; los que sí creen, y se arrepienten de haber vivido en rebelión contra Dios, son recreados en el espíritu, adoptados como hijos de Dios, y vivirán eternamente en la Gloria de Dios. Ésa es la buena noticia; ése es el Evangelio que debemos creer para ser salvos, y anunciarlo a todo el mundo.
Entonces Jesús salió de la sinagoga, y se fue hasta la casa de Pedro, y encontró que la suegra del discípulo estaba enferma. Jesús se inclinó hacia ella, y reprendió a la fiebre y la fiebre la dejó. Así que se levantó sana, y comenzó a servirles. Al ponerse el sol, le trajeron muchos enfermos a los cuales sanaba, poniendo sus manos sobre ellos. También expulsó demonios de muchos, y salían diciendo: "Tú eres el Hijo de Dios", pero Él los reprendía, y no les dejaba hablar, porque sabían que Él era el Mesías. (4:38-41)
* Dios estaba en Jesús cumpliendo la promesa que hizo a Israel, cuando dijo por medio de Ezequiel: "Yo apacentaré mis ovejas, (...) Yo buscaré la perdida, y haré volver al redil la descarriada; vendaré la perniquebrada, y fortaleceré la débil" (Ex 34:15-16); para lo cual prometió: "levantaré sobre ellas a un pastor, y él las apacentará; a mi siervo David, él las apacentará, y él les será por pastor. Yo Jehová les seré por Dios, y mi siervo David príncipe en medio de ellos. Yo Jehová he hablado. Y estableceré con ellos pacto de paz" (Ez 34:23-25). Obviamente, al decir "mi siervo David" está hablando del Heredero de las promesas hechas a David, que es Jesús, pues, cuando esta profecía fue pronunciada, David había muerto varios siglos antes. Jesús es el buen Pastor que, lleno de la plenitud del Padre, vino a rescatar las ovejas de mano de sus depredadores; a vendar sus heridas, y a conducirlas a delicados pastos para darles descanso.
Mateo cierra el relato de varias de estas milagrosas sanidades, diciendo que esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías: "Él cargó con nuestras enfermedades, y soportó nuestros dolores" (Is 53:4 NVI).
** ¿Por qué Jesús no permitía que se revelara que Él era el Ungido de Dios? (v.41). Probablemente, porque no había llegado la hora de que así fuera; pero quizás el motivo más importante es que no era papel de los demonios revelar quién era Jesús, pues, saber que Jesús es el Cristo es una revelación que el Espíritu Santo da por gracia a los escogidos de Dios.
En el mundo espiritual, todos saben quién es Jesús, pero en el terrenal, tal revelación viene por fe, y la fe, por oír la Palabra. Cuando Pedro declaró que Jesús era el Hijo de Dios, el Señor lo bendijo, diciendo: "Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos" (Mt 16:17). Luego, Jesús lo llamó la piedra sobre la cual su iglesia se levantaría, no porque él fuera el cimiento, porque no hay otro cimiento que Jesús, sino porque Simón Pedro fue el primero de millones en recibir tal revelación del Espíritu Santo, y la iglesia se edifica con piedras escogidas, que son los que, como Pedro, por obra del Espíritu Santo, creen en su corazón y confiesan que Jesús es el Hijo de Dios.
Cuando se hizo de día, Jesús salió y se fue a un lugar desierto, pero la gente lo buscaba, y al encontrarlo, procuraban detenerlo para que no se separara de ellos. Pero Él contestaba: "Es necesario que también a otras ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios; porque para esto he sido enviado". Y así continuaba predicando en las sinagogas que había en las ciudades de Galilea. (4:42-44)
* Sucede muy a menudo que los creyentes se sienten satisfechos sólo con haber conocido al Salvador de sus almas, y guardan para sí mismos tal conocimiento, pero, como lo manifiesta Jesús en estos versículos, ése no es el plan divino (v.43), pues, lo que quiere el Señor es que el evangelio se expanda. Nosotros no fuimos llamados a ser depósitos de la Palabra de Dios, sino canales a través de los cuales Dios desea dar a conocer a otros la salvación en Jesús, de modo que muchos más puedan ver las virtudes de Aquél que nos "llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1Pe 2:9).
PESCADORES DE HOMBRES
Mientras Jesús predicaba la palabra junto al lago de Genesaret, se reunió en torno a Él una gran multitud. En ese momento, había en la playa dos barcas, cuyos pescadores habían descendido para lavar sus redes. Subiendo Jesús a la barca que pertenecía a Simón, le pidió que la alejara un poco de la playa, a fin de poder enseñar a la gente desde allí. Al terminar de hablar, dijo a Simón: "Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar", a lo que Simón contestó: "Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red". Hicieron tal como Jesús les dijo, y sus redes comenzaron a llenarse de peces hasta casi romperse, por lo que necesitaron pedir ayuda a los de la otra barca. Tantos peces había que las barcas casi se hundían. Viendo el milagro, Pedro se postró ante Jesús, diciendo: "Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador". Tanto Simón como sus compañeros, y los hermanos Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban allí, se llenaron de temor ante lo que sus ojos veían. Pero Jesús dijo a Simón: "No temas; desde ahora serás pescador de hombres". Una vez que trajeron a tierra las barcas, ellos dejaron todo para seguir a Jesús. (5:1-11)
*Éste es un texto tan rico, que hay que desmenuzarlo para descubrir cuánto esconde:
- Simón dijo que habían trabajado toda la noche, sin pescar nada (v.5). Si lo leemos con ojos espirituales, esto quiere decir que, antes de que Jesús viniera, la humanidad era esclava de las tinieblas, por tanto, por más que se esforzara, sus obras eran infructuosas, y la muerte seguía siendo el único destino para la creación caída.
Pero Jesús, la luz del mundo, vino para rescatarnos de las tinieblas, y llevarnos a su reino de luz, y así darnos vida eterna. La pesca milagrosa no sólo se estaba produciendo en las redes de estos pescadores, sino que la tierra misma iba a comenzar a proveer para las redes del reino celestial, porque, por causa de la Luz, comenzaron a asomar las primicias: hijos e hijas que nacieron, no de voluntad humana, sino del Espíritu Santo por la fe.
- Una interpretación a la expresión "en tu palabra echaré la red" (v.5) puede ser: "porque creo en tu palabra, obedeceré". Por tanto, echar la red en la palabra de Jesús es estar dispuesto a someterse a su perfecta voluntad, que es la perfecta voluntad del Padre, que la hallamos expresada en las Escrituras.
Otro significado que conlleva esta expresión tiene que ver con la consagración a Dios. La red para Pedro era su herramienta de trabajo. Sin Pedro saberlo, al decir que iba a echar la red en la Palabra de Dios, estaba anunciando que, a partir de ese encuentro con Cristo, dedicaría su vida a servir al Señor.
Lo cierto es que ni Pedro, ni ninguno de los que con él estaban, iban a seguir siendo los mismos pescadores. A partir de ese momento, se iban a convertir en pescadores de hombres (v.10). Los peces ya no serían los extraídos del mar de Galilea, sino un incontable número de hombres y mujeres que, por las siguientes generaciones, (y hasta que el Señor vuelva), iban a comenzar a llenar las redes del reino tras recibir la Verdad que transforma vidas para la eternidad —cumpliendo así la profecía de Ezequiel que dice: "Estas aguas salen a la región del oriente, y descenderán al Arabá, y entrarán en el mar; y entradas en el mar, recibirán sanidad las aguas. Y toda alma viviente que nadare por dondequiera que entraren estos dos ríos, vivirá; y habrá muchísimos peces por haber entrado allá estas aguas, y recibirán sanidad; y vivirá todo lo que entrare en este río. Y junto a él estarán los pescadores, y desde En-gadi hasta En-eglaim será su tendedero de redes; y por sus especies serán los peces tan numerosos como los peces del Mar Grande" (Ez 47:8-10). La red está echada, y la luz está llamando. Sólo hay que seguirla.
- Cuando Isaías profetizó sobre la recreación de la Jerusalén terrenal en la Jerusalén celestial, la Ciudad de Dios, que es la iglesia de Jesucristo, habló de que serían tantos los que Jehová prometió llamar, diciendo: "He aquí, yo tenderé mi mano a las naciones, y a los pueblos levantaré mi bandera; y traerán en brazos a tus hijos, y tus hijas serán traídas en hombros" (Is 49:22), que iba a parecer como que la tierra se haría estrecha para acogerlos a todos. En tanto, la abandonada y hasta entonces estéril Jerusalén diría en su corazón: "¿Quién me engendró éstos? Porque yo había sido privada de hijos y estaba sola, peregrina y desterrada; ¿quién, pues, crio éstos? He aquí yo había sido dejada sola; ¿dónde estaban éstos?" (Is 49:21).
Todos estos peces que amenazaban con romper las redes (vv.6-7) representaban precisamente el cumplimiento de esa profecía; de la gran cantidad de personas que habrían de ser salvas en Jesucristo, que, por tratarse de gente de todas las naciones, podría dar la impresión de que los muros de la ciudad santa no serían capaces de contenerlos, pero eso no va a ser así, porque ninguno de los escogidos quedará afuera, ya que, Jesucristo mismo prometió: "En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros" (Jn 14:2).
Éstas son las palabras con las que Jehová aún habla a la novia del Cordero, la ciudad santa que se está edificando: "Alza tus ojos alrededor, y mira: todos estos se han reunido, han venido a ti. Vivo yo, dice Jehová, que, de todos, como de vestidura de honra, serás vestida; y de ellos serás ceñida como novia" (Is 49:18).
- Los pescadores dejaron todo, y le siguieron (v.11). Jesucristo es el primero —y hasta ahora el único— de millones de hermanos en resucitar para vida eterna. Cuando Jesús vino al mundo, lo hizo como un ser humano, de carne y sangre, pero sin pecado. No obstante, como ya habíamos dicho, antes de ser exaltado por Dios, el postrer Adán, es decir, Jesús, debía ser probado; primero, siendo sometido a tentaciones, según su naturaleza humana, y después a padecimientos, como el menosprecio, el sufrimiento en la carne, y una horrenda muerte, no sólo porque era dolorosa, sino porque era indigna. Pero Él resistió todas las pruebas, porque no tenía su propia vida en mayor estima que aquello para lo cual el Padre lo había enviado: dar su impecable vida como propiciación por los pecados del mundo, para que el que en Él cree tenga vida eterna. Humanamente hablando, Jesús se angustiaba de pensar lo que debía padecer, pero no echó pie atrás.
Consecuentemente, habiendo cumplido cabalmente su misión, Dios lo glorificó resucitándolo de los muertos, luego de lo cual, ascendió a los cielos, y ahora está sentado a la diestra de la Majestad en las alturas. Él fue el primer hombre en renunciar a su vida para entrar a la gloria de Dios. Por su obediencia, ahora puede arrastrar con Él a todo el que cree. El llamado que se nos hace es a seguir a Jesús, poniendo a Dios en primer lugar, haciendo lo mismo que el Señor hizo; esto es: tomar nuestra propia cruz, y hacer morir en ella nuestra vida terrenal, para renacer a una nueva vida en el espíritu.
ÉL SANA NUESTRAS ENFERMEDADES
Un día, estando en una de las ciudades, se acercó a Jesús un hombre lleno de lepra, quien se postró ante Él, diciendo: "Señor, si quieres, puedes limpiarme". Y Jesús, extendiendo su mano, lo tocó, y le dijo: "Quiero; sé limpio", y al instante su lepra desapareció. Jesús le dijo que no lo contara a nadie, sino que fuera hasta el sacerdote, llevando la ofrenda por su purificación (ver Lv 14:1-32). No obstante, la fama de Jesús seguía creciendo, y mucha gente se acercaba para oírle, y para que les sanase de sus enfermedades, pero Él se apartaba a lugares desiertos, y oraba. (5:12-16)
* La lepra representa el pecado que domina a la humanidad, el cual heredamos de Adán. Igual que este hombre cubierto de lepra, todos nacemos infectados por la lepra del pecado. Pero cuando venimos a Jesús, tal como se muestra a este hombre, contrito y suplicante, no exigiendo, sino creyendo que el Señor tiene poder para sanar, también nosotros somos limpiados del pecado que nos esclaviza y condena. Como podemos ver, Jesús no sólo confirmó que estaba dispuesto a limpiarlo, sino que se acercó y lo tocó con su mano, (lo que nadie se hubiese atrevido a hacer, por la contagiosidad y lo desagradable que la lepra es a la vista y al olfato), demostrando su gran amor, que no hace acepción de personas. No hay nadie cuyo pecado no pueda ser perdonado si se arrepiente ante el Señor.
Aún es tiempo, y Jesús sigue llamando con sus brazos abiertos, acogiendo a todo el que, como este leproso, viene a Él humillado, clamando por sanidad.
En una ocasión en que Jesús enseñaba, se encontraban presentes fariseos y doctores de la ley, venidos de todos los lugares para ver y oír a Jesús; y el Señor estaba lleno de poder para sanar. Y aconteció que unos hombres intentaban acercar un paralítico para que Jesús lo sanara, pero, por causa de la multitud, se les hizo imposible entrar; entonces subieron sobre la casa, y por el tejado lo bajaron en su lecho, logrando ponerlo en medio, delante de Jesús. Al ver la fe de ellos, el Señor dijo al paralítico: "Hombre, tus pecados te son perdonados". Cuando oyeron a Jesús perdonar pecados, los fariseos y escribas comenzaron a preguntarse entre ellos "¿Quién es éste que habla blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?". Sabiendo Jesús lo que comentaban, les dijo: "¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados", entonces, dirigiéndose al paralítico, dijo: "A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa", y el paralítico se levantó, y se fue alabando a Dios. (5:17-26)
* La iglesia es la comunidad de creyentes que forma el cuerpo de Cristo. Un cuerpo se compone de varios miembros, y cada uno está allí para cumplir una función en particular, que permite que el cuerpo crezca y funcione armoniosamente. Si un miembro deja de funcionar, todo el cuerpo se resiente. Lo mismo es en la iglesia: cada miembro, en su conversión, recibió un don en particular, el que debe ser puesto a servicio del Señor Jesucristo, que es la cabeza del cuerpo, para edificación de su iglesia.
Por esto mismo, para que la iglesia crezca sana y en armonía, el Señor nos manda a congregarnos, de modo de vivir nuestra fe en comunidad; sirviéndonos unos a otros, orando unos por otros, enseñándonos unos a otros, animándonos unos a otros, soportándonos unos a otros, perdonándonos unos a otros, aceptándonos unos a otros, exhortándonos unos a otros, corrigiéndonos unos a otros, amonestándonos unos a otros, etc.
Tal como vemos en esta escena, donde se nos presenta a un grupo de personas que se unieron para traer un lisiado a Jesús, porque confiaban que el Señor lo sanaría (vv.18-20), así debe actuar la iglesia para llevar a todos los inválidos espirituales a que reciban sanidad, y, por la Gracia divina, aprendan a andar en los caminos de Dios. Asimismo, a los débiles en la fe, la iglesia debe ayudarlos a pararse, y darles las herramientas espirituales, a través del consejo bíblico y/o del discipulado, si son nuevos, para que se hagan fuertes.
** Jesús no cesaba de dar señales a los hijos de Israel de que Él era el Mesías, envestido de toda la autoridad de Dios para sanar e incluso perdonar pecados, pero estos escribas y fariseos no tenían ojos para ver ni oídos para oír, y se resistían a la idea de que Jesús, al que sólo veían como un hombrecillo, hijo del carpintero, anduviera perdonando pecados, y sanando gente. Tal era su ceguera que, como veremos más adelante, llegaron al punto de cometer el gravísimo pecado de blasfemar contra el Espíritu Santo, al atribuir a Beelzebú los milagros que Jesús hacía por el poder de Dios.
LOS QUE NECESITAN SER SANADOS
Cuando salió de allí, vio a un publicano sentado en el banco de los tributos públicos, y le dijo: "sígueme", y el publicano lo siguió, dejando todo. Leví era su nombre (a quien conocemos con el nombre de Mateo, escritor del evangelio del mismo nombre). Leví ofreció un banquete, al cual asistían otros publicanos y gente considerada de mala reputación. Entonces los escribas y fariseos murmuraban en contra de los discípulos, diciendo: "¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores?", a lo que Jesús respondió: "Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento." (5:27-32)
* Jesús es el Médico que todo hombre necesita para sanar la lepra que pudre su corazón. La fe mezclada con arrepentimiento es la medicina que el Doctor Celestial prescribe una vez que nos diagnostica de todos nuestros males. El que no toma la medicina, seguirá sufriendo el deterioro que produce su enfermedad, pero el que sigue el tratamiento prescrito, con toda seguridad, será salvo.
** Nosotros no tenemos facultad para hacer acepción de personas, ni siquiera cuando alguien parezca demasiado pecador como para merecer conocer el evangelio de la salvación en Jesucristo; porque lo cierto es que nadie tiene méritos para ser salvo, y si nosotros somos salvos, ha sido sólo por la gracia y misericordia de Dios. De modo que, en vez de juzgar, debemos, más bien, considerar a cada persona extraviada como el campo misionero donde sembrar la semilla del Evangelio, pues, no depende de nosotros el que esa semilla dé fruto o no, sino del Señor.
Así como sólo el alfarero sabe qué forma dará al barro según sus propósitos, sólo el Señor sabe cuál será el destino de cada persona.
Los líderes judíos también preguntaron a Jesús: "¿Por qué los discípulos de Juan ayunan muchas veces y hacen oraciones, y asimismo los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben?"; a lo que Jesús contestó: "¿Acaso los invitados de una boda ayunan mientras festejan con el novio? Por supuesto que no; pero un día el novio será llevado, y entonces sí ayunarán" (NTV). Luego, les habló en parábolas, diciendo: "Nadie corta un pedazo de un vestido nuevo y lo pone en un vestido viejo; pues si lo hace, no solamente rompe el nuevo, sino que el remiendo sacado de él no armoniza con el viejo"; asimismo, dijo: "nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo romperá los odres y se derramará, y los odres se perderán. Mas el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar; y lo uno y lo otro se conservan". Y terminó diciendo: "Y ninguno que beba del añejo, quiere luego el nuevo; porque dice: El añejo es mejor". (5:33-39)
* La iglesia es señalada en las Escrituras como "la novia del Cordero". Jesús es el novio, y la iglesia, Su prometida. Jesús convivía a diario con algunos de los escogidos que iban a ser fundadores de la iglesia, la cual se iba a edificar con piedras vivas. Muchos de los invitados a las bodas estaban disfrutando de la presencia del novio; por tanto, no era tiempo de ayunar (v.34).
Sin embargo, el novio no iba a estar para siempre en medio de ellos en carne y sangre; Él iba a ser arrebatado al cielo, y, a partir de entonces, los invitados a las bodas iban a comenzar el ayuno prescrito (v.35), cuya finalidad es perfeccionar a los santos escogidos para salvación eterna.
En el momento menos pensado, el novio regresará por su novia, pero mientras la prometida espera, permanece ayunando, no satisfaciendo los deseos de la carne, sino viviendo para el Señor, de modo de poder presentarse ante Él gloriosa, radiante, cuando el tiempo llegue de celebrar las bodas del Cordero.
** Lo nuevo y lo viejo (vv.36-39). Jesús es el fin de la ley, porque en Él se cumple el objetivo por el cual la Ley fue dada a Israel. Sabemos que la Ley es buena, sin embargo, por causa del pecado inherente en los hombres, es ineficaz, y no tiene el poder para salvar, sino más bien condena, pero era necesario darla a los hijos de Israel para mostrarles su pecado, y enseñarles a andar en los caminos de Jehová, constituyéndose ésta en el tutor cuya misión era conducir al pueblo escogido hasta su Mesías, quien los iba a salvar por la fe.
En la escena que estamos estudiando, el tiempo se acercaba de poner en vigencia el nuevo pacto anunciado por los profetas, que iba a ser refrendado con la sangre que el Hijo de Dios estaba por derramar en la cruz. Este nuevo pacto es superior al viejo pacto, no sólo porque fue instituido con la sangre del Hijo de Dios, —a diferencia de la ley, que se instituyó con la sangre de animales—, sino porque no es gravoso como el anterior, porque no exige obras, sino sólo fe, y la fe es un regalo de Dios que viene por oír la Palabra. Dicho de otra manera, la salvación no depende de lo que hagan los hombres, sino de Dios, quien sólo pide que crean en lo que Él ha hecho a través de Jesús.
Debido al cambio de paradigma que se acercaba, que iba a ser muy difícil de aceptar por los religiosos judíos, Jesús les contó una parábola para enseñar lo inútil y dañino que es intentar mezclar lo viejo con lo nuevo (vv.36-39). Lamentablemente, eso no evitó que sucediera lo anunciado, pues, tiempo después, cuando el evangelio comenzó a predicarse, hubo muchos judíos que creyeron; sin embargo, no faltaron aquéllos que no llegaron a aceptar totalmente que la salvación fuera sólo por gracia, e intentaron mezclar los viejos rituales legalistas con la fe del nuevo pacto, —lo que es un gravísimo pecado, ya que eso quiere decir que piensan que el sacrificio de Jesucristo en la cruz es insuficiente. Para esos cristianos legalistas la puesta en marcha del nuevo pacto tuvo en ellos el mismo efecto que tiene el haber degustado un vino añejo: no pudieron disfrutar de las virtudes del buen vino nuevo, porque en sus corazones dijeron: "El añejo es mejor” (v.39).
Incluso en estos días, muchos religiosos pareciera que piensan que la salvación sólo por la fe es demasiado fácil como para ser cierto, porque siguen enseñando que las buenas obras conducen a la salvación.
Esto ya lo dijimos previamente, pero no está de más insistir para que todos entiendan: las buenas obras no son la causa de la salvación, sino la consecuencia de haber sido salvados por la fe. Lo anterior se fundamenta en que la nueva criatura que surge del bautismo en el Espíritu Santo siente el impulso de hacer buenas obras (lo que no es propio de la persona natural, es decir, que no tiene el Espíritu), producto de que ahora, por la Gracia divina, tiene al Ayudador en su interior. Es el Espíritu de Cristo en el creyente el que lo hace desear la Voluntad de Dios y le da el poder para llevarla a cabo.
EL DÍA DE REPOSO
* Los judíos habían recibido mandamiento de guardar el séptimo día (sábado) como el día de reposo, en el que ninguna obra podía ser realizada (ver Ex 20:8-11; Dt 5:12-15), el cual tenía su fundamento en el libro de Génesis, donde dice: "Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación". (Gn 2:2-3). Sin embargo, la intención del mandamiento no sólo tenía que ver con la necesidad de que el hombre dejara de trabajar para las cosas terrenales, a fin de que dedicara un día a las cosas de Dios, sino para prepararnos para la venida del Mesías, en quien nuestras almas hallan el reposo verdadero.
Jehová había prometido: "En descanso y en reposo seréis salvos" (Is 30:15), así como también dijo: "Estad quietos, y conoced que yo soy Dios" (Sal 46:10), porque no necesitamos hacer nada para ser redimidos, pues, todo lo hace Dios: es Él quien llama por medio de la Palabra, y abre nuestro oído; Él nos da su Espíritu, que produce en nosotros el querer como el hacer, y nos hace aptos en toda buena obra, para que hagamos Su voluntad. Por eso, Jesús dijo: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga" (Mt 11:28-30).
Estar bajo el viejo pacto no era precisamente un reposo, ya que, a hombres dañados por el pecado, que no eran más que criaturas carnales con tendencia al mal, se les exigía un esfuerzo imposible de cumplir, al demandarles: "Obedezcan mis estatutos y mis leyes, pues todo el que los obedezca vivirá por ellos" (Lv 18:5 NVI). Y como ya hemos dicho, antes de la venida de Cristo, nadie podía cumplir la Ley a cabalidad, por tanto, todos —israelitas y gentiles— estábamos condenados a la muerte eterna.
En cambio, el nuevo pacto dice: "Cree en el Señor Jesús y serás salvo" (Hch 16:31 NTV), porque sólo el Hijo de Dios, durante toda su vida terrenal, fue el único que cumplió la Ley en su totalidad; de modo que, al volverse nuestro sustituto, y pagar en la cruz nuestra deuda de pecado, los creyentes somos declarados "sin culpa" delante de Dios, y la justicia de Jesús (su rectitud) es imputada a nuestro favor. Una vez declarados "justos" ("inocentes", "libres de pecado", "justificados"), Dios nos da Su Espíritu Santo, el cual nos guía a toda buena obra. Esto significa que ya no luchamos solos contra el pecado que nos asedia, pues, ahora contamos con el Ayudador en nosotros, que nos da la fuerza, el deseo y el poder para hacer lo que agrada al Señor. En otras palabras, la salvación no es algo que los hombres puedan ganar haciendo obras, sino que la reciben creyendo en la perfecta vida que Jesús, el Hijo del Hombre, vivió desde la cuna hasta la cruz, la cual ofrendó a favor nuestro.
Por eso, la Escritura dice que, "los que hemos creído entramos en el reposo" (He 4:3); pues, "habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Ro 5:1 NBLA). Ya "no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús" (Ro 8:1 RVC).
Siendo así, ahora podemos entender que el Shabat sólo era sombra del verdadero reposo que experimentamos cuando sometemos nuestra vida al Señorío de Jesucristo. Por tanto, ya no hay que guardar un día específico como reposo, porque cada día es un reposo para los que creen.
** En cuanto a la cita de las Escrituras que Jesús hace, sobre aquel día en que David, junto con los que estaban con él, sintieron hambre, y se les concedió que comieran del pan de la proposición que sólo estaba destinado a los sacerdotes del templo (vv.3-4), Mateo, en su evangelio, escribió que Jesús continuó diciendo: "¿No han leído en la ley de Moisés cómo los sacerdotes que sirven en el templo tienen que trabajar el día de reposo y no por ello cometen pecado?" "Pues les digo que el que ahora está aquí es mayor que el templo" (Mt 12:5-6 NBV), refiriéndose a sí mismo.
Porque aquí estaba Jesús, la cabeza del Templo de Dios en la tierra, el Sumo Sacerdote de los bienes eternos, rodeado de quienes se estaban preparando para ser las primicias de los sacerdotes del Reino celestial.
* Puesto que los que hemos creído entramos en el reposo ¿seguiremos haciendo las obras que nos llevaron a condenación? Por supuesto que no, porque, si hemos creído, ya no somos esclavos del pecado, como para que sigamos obedeciéndole. La pregunta que Jesús hizo a los que estaban presentes —"¿Es lícito en día de reposo hacer bien, o hacer mal?, ¿salvar la vida, o quitarla?" (v.9)—, también es para los del nuevo pacto. Porque fuimos llamados a seguir los pasos de Jesús, quien sólo anduvo haciendo el bien, y a mostrar, a los que están condenados a muerte por causa de sus delitos y pecados, el camino que lleva a la vida que está en Jesucristo.
En este sentido, ¿Cuánto de lo que nos manda la Palabra ponemos en práctica? Aquí hay algunos versículos que nos ayudarán en el autoexamen:
- "Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis. Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran" (Ro 12:14-15);
- "No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres" (Ro 12:17);
- "estad en paz con todos los hombres" (Ro 12:18);
- "si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber" (Ro 12:20);
- "No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal" (Ro 12:21);
- "Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz" (Ro 13:12);
- "Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne" (Ro 13:13-14).
NOMBRAMIENTO DE LOS DOCE
Uno de esos días, Jesús fue al monte a orar, y pasó toda la noche orando; y cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió doce de entre ellos, a los cuales llamó apóstoles. Éstos eran: Simón Pedro, su hermano Andrés, Jacobo y Juan (hijos de Zebedeo), Felipe, Bartolomé (o Natanael), Mateo, Tomás, Jacobo (o Santiago) hijo de Alfeo, Simón el Zelote, Judas (Tadeo, hijo de Santiago, hijo de Alfeo), y Judas Iscariote, que llegó a ser el traidor. (6:12-16)
* ¿Qué entendemos por un apóstol? El Diccionario Bíblico Lexham define la palabra apóstol (ἀπόστολος, apostolos), de la siguiente manera: "Alguien o algo enviado. Deriva del verbo “enviar” (ἀποστέλλειν, apostellein). En el Nuevo Testamento, generalmente se refiere a alguien enviado como un representante autorizado por Jesús o por la comunidad cristiana".
En las Escrituras, incluso a Jesús se le llama "apóstol" de Dios, porque Él fue enviado por el Padre al mundo, para cumplir un propósito específico: salvar lo que se había perdido.
En la actualidad, hay muchos que se llaman a sí mismos "apóstol"; sin embargo, si nos remitimos exclusivamente a la Palabra de Dios, veremos que no cualquier discípulo era un apóstol de Jesucristo. Había que contar con ciertas características; entre otras, el haber conocido personalmente al Señor Jesucristo, ya sea durante su ministerio terrenal, o luego de la resurrección (como fue el caso del apóstol Pablo), lo cual se desprende de los requisitos que se tuvieron en cuenta para escoger al que ocuparía el lugar número doce, tras la muerte de Judas Iscariote: "es necesario que de los hombres que nos han acompañado todo el tiempo que el Señor Jesús vivió entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan, hasta el día en que de entre nosotros Jesús fue recibido arriba al cielo, uno sea constituido testigo con nosotros de Su resurrección" (Hch 1:21-22 NBLA). Además, la unción como apóstol debía ser dada personalmente por Jesucristo, (o por aquéllos que habían recibido la autoridad de parte de Él), como cuando Ananías notificó a Pablo que sería apóstol de Jesús, diciendo: "El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad, y veas al Justo, y oigas la voz de su boca. Porque serás testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído" (Hch 22:14-15).
Por último, es imposible llamar apóstol de Jesucristo a cualquier hombre después de cerrado el canon bíblico, ya que la iglesia, dice la Escritura, "se edifica sobre el fundamento de los apóstoles y profetas (es decir, Antiguo y Nuevo Testamento), siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo", y, como sabemos, el fundamento para levantar un edificio se pone sólo una vez.
CONFRONTADOS CON LA VERDAD
Jesús descendió con ellos a un lugar llano, y les seguía una gran multitud de gente proveniente de Judea, Jerusalén, Tiro y Sidón, que deseaban oírle, y le pedían ser sanados de sus enfermedades o librados de espíritus malignos. Todos querían tocarlo, porque poder salía de Él. Entonces, volviendo la vista hacia sus discípulos, Jesús dijo: "Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios". "Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados". "Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis". "Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre. Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí vuestro galardón es grande en los cielos; porque así hacían sus padres con los profetas". Y también dijo: "¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo". "¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre". "¡Ay de vosotros, los que ahora reís! porque lamentaréis y lloraréis". "¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! porque así hacían sus padres con los falsos profetas". (6:17-26)
* Este sermón está lleno de contrastes: los pobres y los ricos; los hambrientos y los saciados; los que lloran y los que ríen; los aborrecidos por causa del Hijo del Hombre y los que sólo reciben elogios. Jesús sabía que no todos los que oían iban a ser salvos, porque en el corazón de algunos había otros tesoros que apreciaban más que al Señor. Si no hubiera sido así, ¿por qué hacer un discurso donde llama bienaventurados a los que estaban sufriendo y se lamenta por aquéllos a los que parecía nada les faltaba? El Señor los conocía, y sabía que a unos les aguardaba un gran galardón en los cielos, mientras que a los otros, la condenación eterna.
Pero el Señor no vino a juzgar, sino a llamar al arrepentimiento. Él no señaló a nadie con el dedo, sino que, sin hacer juicios personales, pretendía que todos se vieran a sí mismos, y descubrieran a cuál grupo pertenecía cada uno, concediéndoles así la oportunidad de arrepentirse "para conocer la verdad", a fin de que pudieran despertar y escapar "de la trampa en que el diablo los tiene cautivos, sumisos a su voluntad" (2Tim 2:25-26 NVI).
Es lo que hace la Palabra de Dios cuando es escuchada con oídos receptivos: "penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón" (He 4:12). El que oye con el corazón correcto, será guiado al arrepentimiento, y recibirá la salvación; pero el que no lo hace, "la ira de Dios permanece sobre él" (Jn 3:36 NBLA).
** Con respecto a las bienaventuranzas que aparecen en los vv. 20-21, de acuerdo al evangelio de Mateo, no se trata de los pobres en recursos económicos, sino de "los pobres en espíritu" (Mt 5:3), es decir, los que, al ser confrontados con la Verdad, por el Espíritu Santo que es el que llama, reconocen su miseria (bancarrota) espiritual, y anhelan salir de esa condición.
También son bienaventurados aquéllos que, aunque están saciados, sienten hambre, pero no de comida, sino, —como nuevamente dice Mateo— "hambre y sed de justicia" (Mt 5:6); es decir que, a pesar de tener todos los recursos materiales, siguen sintiendo que les falta algo, que no se suple con nada de este mundo. La Escritura dice que Dios puso eternidad en el corazón del hombre; es decir, el hombre tiene sentido de trascendencia. Sabe, en su fuero interno, que hay algo más grande, y ese algo es lo único que realmente lo satisface; esto es, la presencia de Dios en su interior, la cual se perdió en el Jardín del Edén. Esa comunión con Dios sólo puede restablecerse por la fe en Jesucristo, pues, al que oye el mensaje de la verdad, el evangelio de la salvación en Jesús, y cree, recibe en su corazón el Espíritu Santo de la promesa.
Asimismo, los bienaventurados que lloran son los que, habiendo sido convencidos por el Espíritu de su condición de miseria espiritual, se angustian al reconocer que no pueden librarse por sí mismos de la esclavitud del pecado. Pero son los mismos que luego ríen, cuando reciben la buena noticia de que no depende de ellos ser salvados, sino de la obra que Cristo ya hizo en la cruz. Que no necesitan hacer obras para ganarse el favor de Dios, sino sólo poner su fe en la sangre de Jesucristo, a través de la cual, Dios nos perdona, nos limpia y justifica para vida eterna.
Es necesario hacer hincapié en que nadie puede darse cuenta de su bancarrota espiritual, ni llora ante la impotencia de no poder librarse de esa condición, ni puede darse cuenta de que, lo que necesita para ser feliz no lo puede proveer el mundo, si la misericordia y gracia de Dios no han sido derramadas sobre el que oye el mensaje de la Verdad. La Escritura explica cómo es que El Espíritu Santo obra cuando llama a sus escogidos: "Él les dará a conocer la obra de ellos, y que prevalecieron sus rebeliones. Despierta además el oído de ellos para la corrección, y les dice que se conviertan de la iniquidad. Si oyeren, y le sirvieren, acabarán sus días en bienestar, y sus años en dicha. Pero si no oyeren, serán pasados a espada, y perecerán sin sabiduría" (Job 36:9-12 NBLA).
Por último, bienaventurados son también los que, por causa de Jesucristo, son aborrecidos, vituperados, apartados y despreciados (v.22). Se refiere a los que ya son salvos, porque es el Espíritu Santo que mora dentro de ellos el que les da la Gracia y paz que los fortalece cuando todo se pone difícil, sabiendo que "lo que sufrimos en esta vida es cosa ligera, que pronto pasa; pero nos trae como resultado una gloria eterna mucho más grande y abundante. Porque no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve, ya que las cosas que se ven son pasajeras, pero las que no se ven son eternas" (2Co 4:17-18 DHH).
*** En cuanto a los "ayes" de Jesús (vv.24-26), están dirigidos a personas que creen que lo que tienen en esta vida es suficiente. Probablemente, son los mismos que andan diciendo "aprovechemos de pasarla bien ahora, porque después de esta vida no hay otra". Muchos son ricos, están saciados, no tienen motivos para llorar, y son admirados. Pero, como dice el Sal 73, están puestos en un lugar resbaladizo, y en cualquier momento van a caer, entonces, padecerán.
¿AMAR A LOS ENEMIGOS?
El Señor continuó diciendo: "Pero a vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian". Y agregó: "Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues"; "A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva". Y terminó diciendo: "Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos". Por último, dijo que el mérito no está en hacer bien a los que nos hacen el bien, porque los pecadores hacen eso. En cambio, Jesús dijo: "Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos"; "Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso", dijo el Señor. (6:27-36).
* La audiencia seguía siendo la misma, sin embargo, Jesús se dirigió a algunos en particular: "a vosotros los que oís..." Podríamos preguntarnos, ¿no habían ido todos los que estaban allí para oír a Jesús? ¿es que no todos estaban poniendo atención? Probablemente sí, pero creo que, a pesar de que todos escuchaban su voz, no todos tenían oídos para oír, es decir, Jesús estaba hablando a aquéllos que habían recibido el don de la fe, para creer lo que estaban oyendo.
Porque una cosa es escuchar con los oídos terrenales, y otra muy distinta, es cuando Dios nos abre los oídos espirituales para que entendamos, de modo que seamos guiados al arrepentimiento para salvación eterna. Es un milagro que ocurre al oír la Palabra de Dios, y quien les estaba hablando en ese momento era el Logos encarnado.
** El amor es un tema central en la Biblia, porque "Dios es Amor" (1Jn 4:8). Jesús dijo que una característica que evidenciará que somos Sus discípulos será el amor que tengamos los unos por los otros (Jn 13:35). De hecho, el versículo más conocido de la Biblia habla del gran amor de Dios por el mundo, que hasta envió a Su Hijo Unigénito a morir por él: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Jn 3:16).
Según las Escrituras, el amor que los creyentes debemos cultivar no es el mismo amor del que hablan las novelas, ni como lo concibe el mundo. Pablo, en su primera epístola a los Corintios, lo describe, y se trata de un amor abnegado, es decir, un amor que no ve por lo suyo propio, sino por el bien del prójimo.
Jesús demostró ese amor cuando se entregó por nosotros para darnos vida eterna: "No hay un amor más grande que el dar la vida por los amigos", dijo (Jn 15:13 NTV). Luego, estando en la cruz, oró por aquéllos que lo crucificaban: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23:34). Asimismo, viendo al joven rico que vino hacia Él, pero no tenía el valor de dejar sus riquezas por seguirlo, dice la Escritura, que "Jesús, mirándole, le amó..." (Mr 10:21). También, cuando, después de que lo rechazaron una y otra vez, lloró por Jerusalén, diciendo: "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!" (Lc 13:34). Es ese tipo de amor al que Jesús nos llama.
REVESTIDOS DE CRISTO
Además, Jesús dijo: "No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados". También dijo: "Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir". Complementó sus palabras con una parábola, diciendo "¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo?". También dijo que el discípulo no es superior al maestro, sin embargo, si se prepara bien, puede llegar a ser como su maestro. En ese sentido, dijo que no intentemos quitar la paja del ojo ajeno, teniendo nosotros mismos una viga en el nuestro; antes, dijo: "saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja que está en el ojo de tu hermano". (6:37-42)
* Si bien, los creyentes somos santos, — lo que significa que hemos sido apartados para Dios por la fe en la sangre de Cristo—, "todavía no se ha manifestado lo que habremos de ser" (1Jn 3:2 NVI), es decir, aún no somos perfectos, sino que estamos en proceso de santificación. Esto quiere decir que, mientras aguardamos el regreso de Jesucristo, Dios, por medio de Su Espíritu, "nos va transformando de gloria en gloria" (2Co 3:18 NBV), para "ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos" (Ro 8:28 LBLA). "Ese proceso continuará hasta que todos alcancemos tal unidad en nuestra fe y conocimiento del Hijo de Dios que seamos maduros en el Señor, es decir, hasta que lleguemos a la plena y completa medida de Cristo" (Ef 4:13 NTV).
Por tanto, nadie debe creerse maestro, siendo aún aprendiz. No podemos pretender ser guía de ciegos, siendo ciegos nosotros mismos (vv.39-40). El Apóstol Pablo, en la epístola a los Romanos, nos enseñó que sólo el juicio de Dios es justo. Que cuando nosotros juzgamos a otros, no hacemos más que condenarnos a nosotros mismos, porque hacemos las mismas cosas que criticamos en los demás, y al juzgar, estamos reconociendo que lo que Dios manda es justo y bueno. Juzgar el pecado de otros no nos libra del juicio de Dios; por el contrario, nos condena aún más, porque, el que "sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado" (Stg 4:7). Por consiguiente, antes de hacer juicio sobre los otros, mirémonos a nosotros mismos, y mejor callemos.
Por último, si bien el crecimiento y transformación del creyente son obra del Espíritu Santo, es responsabilidad de cada uno exponerse periódicamente a la Palabra de Dios, a fin de que sepamos "cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno y aceptable y perfecto" (Ro 12:2 NBLA).
EL FRUTO
También dijo que un buen árbol no puede dar malos frutos, ni se obtiene buen fruto de un árbol malo; y que, cada árbol se reconoce por el fruto que produce, ya que, "no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas". Del mismo modo, dijo, "el hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo"; "porque de la abundancia del corazón habla la boca". (6:43-45)
* ¿De qué solemos hablar? ¿Qué pensamientos son los que gobiernan nuestra mente? ¿Qué cosas son las que atrapan nuestra atención? ¿A qué dedicamos más tiempo en el día? Son preguntas que debemos hacernos para descubrir si realmente estamos viviendo de acuerdo con la voluntad de Dios.
Jesús dijo que cada árbol se conoce por el fruto que produce, ¿estamos nosotros manifestando el fruto del Espíritu, o seguimos obedeciendo al pecado remanente en nuestra carne?
Dice la Escritura: "manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías..." (Ga 5:19-20). Y hasta aquí, muchos dirán: "yo no soy adúltero, ni tengo sexo pecaminoso, ni practico hechicería...", pero Pablo, que es quien escribe, sigue diciendo: "enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a éstas..." (Ga 5:20-21). Es decir, a nuestros ojos, pareciera ser que cometer homicidios es peor que emborracharse, o enemistarse con alguien, o airarse, pero Pablo no hace diferencia entre uno y otro pecado, y termina diciendo: "los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios" (Ga 5:21).
En cambio, continúa diciendo el apóstol, "el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza" (Ga 5:22-23).
¿Qué fruto estamos manifestando?
PARA QUE NOS VAYA BIEN
Entonces, preguntó: "¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?". Y dijo: "Todo el que viene a Mí y oye Mis palabras y las pone en práctica" (...) "es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó hondo y echó cimiento sobre la roca" (...) "y cuando vino una inundación, el torrente dio con fuerza contra aquella casa, pero no pudo moverla porque había sido bien construida" (NBLA). Por el contrario, dijo: "el que ha oído y no ha hecho nada, es semejante a un hombre que edificó una casa sobre tierra, sin echar cimiento; y el torrente dio con fuerza contra ella y al instante se desplomó, y fue grande la ruina de aquella casa" (NBLA). (6:46-49)
* Creo que una de las cosas más importantes de la Palabra de Dios que los creyentes no hemos terminado de comprender es que lo que Dios manda hacer es para que nos vaya bien.
Hemos crecido con la idea de que, hacer la Voluntad de Dios es aburrido, difícil, desagradable, fastidioso, enojoso, vergonzoso, etc., pero ése es un engaño que el enemigo de nuestras almas nos ha hecho creer, para mantenernos cautivos. Sin embargo, muy por el contrario, lo que nos enseñan las Escrituras es que, si ponemos por obra lo que Dios manda seremos bienaventurados, haremos prosperar nuestro camino, y todo nos saldrá bien.
Entre otras Escrituras, esto es lo que, al respecto, dice la Palabra de Dios:
"Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas" (Jos 1:7).
"¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre!" (Dt 5:29)
"Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará" (Sal 1:1-3 ).
Siendo ésta la promesa de Dios, seamos sabios y edifiquemos nuestra vida y la de nuestras familias sobre la roca firme que es la Palabra de Dios, teniendo siempre presente que, "Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican..." (Sal 127:1).
(Continuar en Estudio Lucas - Parte III - [En construcción])
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