lunes, 12 de octubre de 2026

LUCAS III - La Fe que Salva (Lc 7 - 8)

(Nota: Los párrafos en negrita son un resumen de los versículos bíblicos estudiados (identificados al pie de cada párrafo); los textos en cursiva son los comentarios hechos por el blogger respecto de esos textos. Los textos en café son citas bíblicas textuales, principalmente de la RVR60. Si es otra versión, se especifica con las siglas correspondientes. Para ir al link de respaldo bíblico o de apoyo, hacer clic en los enlaces.)




UNA FE RECOMPENSADA 

Estando en Capernaum, llegaron hasta Jesús unos ancianos de los judíos trayendo un mensaje de parte de un centurión, que le rogaba que fuera a su casa, para sanar a su siervo amado que estaba muy enfermo, a punto de morir. Los ancianos daban una muy buena opinión del centurión, diciendo que incluso les había construido una sinagoga, y que amaba a la nación judía. Cuando Jesús ya estaba por llegar al lugar, salieron a su encuentro unos amigos del centurión con un nuevo mensaje de su parte, diciendo: "Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo; por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero di la palabra, y mi siervo será sano". "Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace". Al oír aquel mensaje, Jesús se maravilló y dijo: "ni aun en Israel he hallado tanta fe". Cuando los enviados regresaron, hallaron al siervo sano. (7:1-10)

* El centurión era un gentil (es decir, no era judío); un soldado romano de alto rango, bajo cuya autoridad estaba una centuria, que es una unidad militar de entre treinta a cien hombres. Probablemente, este centurión era un prosélito que temía al Dios de Israel, y oyendo de Jesús, la sabiduría con que hablaba, y los milagros que hacía, no tuvo dudas de que había sido enviado por Dios, por lo que él lo reconocía como la Autoridad ante la cual él mismo debía humillarse.

Jesús no hacía acepción de personas, y, aunque había venido a llamar al arrepentimiento sólo a los hijos de Israel, cada vez que un gentil tuvo la fe suficiente para recibir un milagro, Él se lo concedió, pues, la Escritura dice que "... el que quiera acercarse a Dios debe creer que existe y que premia a los que sinceramente lo buscan" (He 11:6 NBV énfasis añadido).

 

JESÚS, LA VIDA DE LOS HOMBRES

Jesús iba camino de Naín, y con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud les seguía. Al llegar cerca de la puerta de la ciudad, se encontró con una procesión de mucha gente, que llevaba a enterrar al hijo único de una viuda. Al verla, el Señor se compadeció, y le dijo: "no llores". Luego se acercó al muerto, diciendo: "Joven, a ti te digo, levántate". Al instante, el que había estado muerto se levantó, y comenzó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Los presentes tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: "Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado a su pueblo". Así se extendió la fama de Jesús por toda la región de alrededor. (7:11-17)

* Los judíos habían crecido oyendo las historias de los grandes profetas como Elías o Eliseo, quienes, por obra del Espíritu Santo, hicieron grandes milagros, como detener la lluvia, sanar gente, o volver a la vida a los muertos. Habían sido esas historias milagrosas las que les hicieron albergar la esperanza de una futura liberación, como la que habían oído que Jehová hizo por medio de Moisés. De pronto, en su propio tiempo, hallándose sometidos al dominio de los romanos, en medio del desconsuelo y la opresión, comenzaron a ver con sus propios ojos que este Jesús hacía las mismas y mayores cosas que esos hombres santos, recibiendo así testimonio de que se encontraban, probablemente, frente al consumador de esa esperanza: el Mesías prometido por boca de esos grandes hombres.


¿ERES EL MESÍAS?

Los discípulos de Juan el bautista vinieron hasta él, y le contaron de todas estas cosas que Jesús hacía, entonces él mandó a dos de ellos a preguntar a Jesús si Él era el que había de venir, o si debían esperar a otro. Cuando vinieron hasta Jesús, él Señor estaba sanando a muchos de enfermedades, plagas, espíritus malos, y dio la vista a muchos ciegos; entonces Él les respondió: "Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí". (7:18.23)

* Es llamativo que Juan el Bautista enviara a sus discípulos a preguntar a Jesús si Él era el que había de venir, considerando que, tiempo atrás, él mismo había declarado "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (...) "éste es el Hijo de Dios" (Jn 1:29, 34). 

¿Qué había sucedido que ahora parecía no estar tan seguro de que Jesús fuera el Mesías?

Aquí veo dos opciones posibles:

- La primera, que Juan envió a sus discípulos con la intención de que ellos, viendo las obras que Jesús hacía, comprobaran por sí mismos que era el Mesías.  

No pocas son las Escrituras que profetizaban sobre los milagros que el Mesías Redentor iba a hacer: "Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo; porque aguas serán cavadas en el desierto, y torrentes en la soledad" (Is 35:5-6), por dar un ejemplo. De modo que, si el pueblo era instruido en las Escrituras, iba a comprender, a través de los milagros, que Jesús era quien decía ser, porque nadie podía hacer semejantes cosas si Dios no lo había enviado.

Por eso, el argumento que Jesús dio a los discípulos para responder a Juan, más que palabras, fueron los milagros que ellos presenciaron, pues, éstos no sólo tenían por finalidad liberar a la gente de sus angustias y dolores físicos, sino que daban testimonio de que Él era el Ungido, el Mesías prometido, para que creyeran en Él. 

Con todo, reiteramos que, si bien, los milagros fueron hechos en el ámbito físico y terrenal, éstos eran sólo el preámbulo del verdadero milagro que Jesús iba a comenzar a producir en los que creyeran en Él: la regeneración o nuevo nacimiento; es decir, la transformación del hombre natural, que estaba dominado por los deseos corruptos, en una nueva criatura, un hijo de Dios, provisto de un nuevo corazón y un nuevo espíritu, con oídos para oír y ojos para ver las verdades espirituales, capacitado para entender y conocer "cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta" (Ro 12:2), y así ir siendo transformado paso a paso, bajo la guía del Espíritu Santo que ahora mora en él, a la imagen de Jesucristo.

- La segunda opción es que Juan comenzó a dudar, debido a la condición en que él se encontraba en ese momento. Mateo, en su evangelio, añade un dato no menor: Juan Bautista estaba en la cárcel.  Que el precursor del Mesías estuviera encarcelado, no sabiendo si iba a salir con vida de ese lugar, no calzaba con lo que esperaba del Ungido de Dios, quien se suponía iba a venir para liberar a Israel y restaurar todas las cosas.  No podemos asegurar si al oír la respuesta que le envió Jesús, Juan llegó a comprender que la restauración que el Mesías venía a practicar no se trataba de una liberación más de Israel del opresor de turno, como tantas veces Jehová hizo en el Antiguo Testamento, sino de algo muchísimo más grande y definitivo: la restauración de toda la creación, que quedó bajo maldición después del pecado de Adán. 

Pero, para que esta restauración se concretara, antes algunas cosas tenían que suceder:  primeramente, el Mesías debía "anular, por medio de Su muerte, al que tiene el dominio de la muerte, al diablo" (He 2:14 NBV), —pues, Jesús no iba a poder ser retenido por la muerte— y, una vez derrotado Satanás por Su resurrección, comenzar a "librar a los que vivían siempre en esclavitud por temor a la muerte" (He 2:15 NBV), esto es, a los descendientes de Abraham según la fe, nacidos esclavos del pecado bajo la potestad de Satanás. Fue así como, habiéndose dado a sí mismo en sacrificio por la humanidad, Dios lo glorificó y lo confirmó como Señor y Mesías, y en su condición de Mesías, Él mismo comenzó a saquear los bienes del diablo, y a arrebatar de sus garras a los escogidos de Dios, judíos y gentiles, para reunirlos en un solo pueblo, formando así la congregación de los santos, que es la iglesia del Señor. Pero tal despojo no sucede de una vez; es un proceso que se ha venido llevando a cabo en todo el mundo, a través de la evangelización que el cuerpo de Cristo —esto es, la iglesia— viene practicando desde que fue ungida con el Espíritu Santo en Pentecostés. 

Tal proceso seguirá en marcha, hasta que se complete el número de los redimidos; luego de lo cual, Cristo volverá para sacarlos de la tierra, antes de que Dios derrame las copas de su ira, y llegue el fin del mundo tal como lo conocemos; cuando "los cielos desaparecerán en medio de un gran estruendo, y los elementos arderán y serán reducidos a cenizas, y la tierra y todo lo que en ella se ha hecho será quemado" (2Pe 3:10 RVC). Y cuando todas las cosas sean hechas nuevas: nuevo cielo, nueva tierra, entonces descenderá de Dios la ciudad santa, la iglesia de los redimidos, la nueva Jerusalén, "dispuesta como una esposa ataviada para su marido" (Ap 21:2), el Cordero de Dios que dio su vida por ella, para santificarla, y "presentársela a sí mismo como una iglesia gloriosa, sin manchas ni arrugas ni nada semejante, sino santa e intachable" (Ef 2:26-27 NBV). Entonces se oirá una potente voz proveniente del trono de Dios que dirá: "¡Aquí, entre los seres humanos, está el santuario de Dios! Él habitará en medio de ellos y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte ni llanto, tampoco lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir" (Ap 21:3-4).

** Jesús fue puesto para piedra de tropiezo de muchos, dice la Palabra. Aquél que no halla tropiezo en Cristo (v.23), es el que cree en Él, y hace su Voluntad. Tropieza el que lo niega, el que rechaza su mandamiento, pues, nadie es capaz de caminar por sendas de rectitud sin Su guía, y cualquier esfuerzo por agradar a Dios sin la fe en Jesús es vano. 


LOS HIJOS DEL REINO

Cuando los mensajeros de Juan se fueron, Jesús se dirigió a los presentes para preguntarles ¿qué estaban esperando encontrar cuando salieron al desierto buscando a Juan?, ¿quizás ver un hombre encorvado como una caña sacudida por el viento? ¿o quizás a un hombre vistiendo ropas lujosas? ¿Acaso no esperaban encontrar un profeta? De hecho, dijo el Señor, eso era Juan, incluso más que un profeta, porque de él se escribió: "He aquí, envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino delante de ti" (ver Mal 3:1). Siguió diciendo que, "entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él". (7:24-28)

* Basándose en los manuscritos que se conocían hasta entonces, la Biblia Reina Valera 60 tradujo: "entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista" (énfasis añadido), sin embargo, manuscritos más confiables por su antigüedad, encontrados posteriormente, no incluyen la palabra "profeta", (tampoco la palabra "bautista", pero se entiende que habla de él). Según la Biblia Textual, lo que Jesús dijo fue: "entre los nacidos de mujeres, ninguno es mayor que Juan; pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él" (BTX 4a edición). Es decir, Jesús no hablaba exclusivamente de profetas, sino de los hombres en general. Juan, sin dudas, era un hombre extraordinario que, como ninguno, fue "lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre" (Lc 1:15), por tanto, entre los engendrados por el hombre, nadie, se le puede comparar. 

Es muy esperanzador y motivo de gran gozo para nosotros, seres humanos comunes y corrientes, a los que, por gracia y misericordia, Dios "nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo" (Ef 1:5 NBV), oír lo que el Señor dice (v.28), pues, significa que la transformación de los hijos del Reino será tan gloriosa cuando el Señor se manifieste en su segunda venida, que llegaremos a ser más grandes que el precursor del Mesías. Ahora, nos es difícil imaginarlo, considerando que, aunque ya fuimos lavados de nuestros pecados por la sangre de Jesús, aún libramos una fuerte lucha contra el pecado que nos asedia, y mucho nos cuesta despojarnos del viejo hombre, que está "corrompido, a causa de los deseos engañosos" (Ef 4:22 DHH), pero descansamos en la obra que el Espíritu Santo está haciendo en nosotros, y confiamos en las Escrituras que afirman que incluso llegaremos a ser como Jesús, diciendo: "ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es" (1Jn 3:2).


LOS QUE NO QUISIERON OÍR

También dijo Jesús que todo el pueblo, incluidos los publicanos, cuando oyeron a Juan hablar, "se hicieron bautizar por él, cumpliendo así las justas exigencias de Dios; pero los fariseos y los maestros de la ley no se hicieron bautizar por Juan, despreciando de este modo lo que Dios había querido hacer en favor de ellos" (DHH). Entonces, Jesús comparó a esa generación con los jóvenes que se quejan en las plazas, diciendo: "Os tocamos flauta, y no bailasteis; os endechamos, y no llorasteis"; porque, cuando vino Juan, que no comía pan ni bebía, dijeron "Demonio tiene"; y ahora que vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, dicen: "Éste es un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores"; y agregó: "Pero recuerden que la sabiduría de Dios se prueba por sus resultados" (TLA). (7:29-35).

* Los líderes judíos no lograban acertar. Se creían sabios, pero su arrogancia y autoritarismo, —acompañadas de un celo excesivo por hacer cumplir doctrinas que se salían del marco de la Ley de Dios, que no eran más que "mandamientos de hombres" (Mt 15:9), como dijo Jesús—, evidenciaban que la sabiduría que procede del cielo no había hallado cabida en ellos, quienes habían sido llamados a velar por que el pueblo escogido permaneciera en el camino de su salvación. Podían recitar las Escrituras de memoria, pero no eran capaces de discernir su cumplimiento, al punto que rechazaron al Mesías de Dios que tanto esperaban, y a su precursor. Estaban cerrando la puerta al reino de los cielos delante de los hombres; de modo que, ni entraban ellos, ni dejaban entrar a aquéllos que Jehová había puesto bajo su cuidado. Se habían convertido en "ciegos guías de ciegos" (Mt 15:14), que conducían al pueblo hacia un precipicio. 

El fruto de su necedad evidenciaba que no eran hijos del Reino (v.35). En vez de alabar a Dios por las maravillas que estaba haciendo, se taparon ojos y oídos, oponiéndose porfiadamente a los siervos enviados por Dios; ignorando, primero, el llamado al arrepentimiento para perdón de pecados de Juan, y, después, desechando al Hijo de Dios, que se hizo carne para poder salvar a sus escogidos, al cual Isaías se refiere como "Jehová" y "nuestro Dios", cuando profetizó sobre Juan, diciendo: "Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios" (Is 40:3-5). Por tal motivo, Jesús compara a esa generación con aquéllos que se mostraban indiferentes a los cánticos de los jóvenes en las plazas; que ni bailaban al ritmo de su música ni se conmovían con la letra de sus canciones (vv.31-32).


EL PERFUME DE ALTO PRECIO


Hubo un fariseo que rogó a Jesús que fuese a comer a su casa. Entrando, Jesús se sentó a la mesa. Entonces una mujer pecadora que había oído que Él estaba allí, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume, y se puso a los pies de Jesús llorando, y comenzó a mojar con sus lágrimas los pies de Jesús, y los enjugaba con sus cabellos, al tiempo que los besaba y ungía con el perfume. El fariseo pensó para sí: "Éste, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora". Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, le relató una parábola, diciendo: "Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?". Respondió el fariseo que aquél al que se le había perdonado la deuda más grande, y Jesús le dijo que había respondido correctamente. Entonces, señalando a la mujer, continuó diciendo: "¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies", y concluyó diciendo: "te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquél a quien se le perdona poco, poco ama". Dirigiéndose a ella, le dijo: "Tus pecados te son perdonados". Y los que estaban sentados a la mesa comenzaron a decir entre sí: "¿Quién es éste, que también perdona pecados?". Pero Jesús dijo a la mujer: "Tu fe te ha salvado, ve en paz".  (7:36-50)

* La mujer señalada en esta historia no es María, la hermana de Lázaro, que ungió a Jesús para su muerte, seis días antes de la Pascua. De hecho, en ninguna parte de las Escrituras que se refieren a María, se dice que era una pecadora; por el contrario, se la presenta como una mujer sensata, que más de una vez la vemos postrada a los pies de Jesús, y que amaba escuchar las enseñanzas del Señor.

No pocos son los que confunden las historias de estas dos mujeres, porque ambas derramaron perfume en los pies de Jesús, y los enjugaron con sus cabellos, pero la descripción de la escena, los diálogos que acompañan la acción, y las enseñanzas que cada evento dejó son muy diferentes, por tanto, no deberían confundirse.  

** ¿Qué simboliza el perfume de alto precio?  

Para comprender, vayamos al capítulo 29 del libro de Éxodo, donde Jehová instruye a Moisés sobre el procedimiento para consagrar a Aarón como Sumo Sacerdote y a sus hijos como sacerdotes de Dios. Para la ocasión, aparte de pan sin levadura, debían tomar un novillo y dos carneros. Luego Moisés debía llevar a Aarón y sus hijos a la entrada de la tienda de reunión, donde Moisés debía lavarlos. Acto seguido, primero, le pondría a Aarón sus vestiduras sagradas, para luego derramar sobre su cabeza el aceite de la unción invistiéndolo como sumo sacerdote; y luego, debía poner las vestiduras sagradas a sus hijos, consagrándolos de ese modo como sacerdotes por estatuto perpetuo. Antes de sacrificar cada animal, Aarón y sus hijos debían poner las manos en las cabezas de éstos. El novillo sería ofrecido como ofrenda por el pecado, con cuya sangre santificaría el altar, y cuya grasa debía quemarla sobre éste. El resto del animal debía ser quemado fuera del campamento. Luego debía tomar el primer carnero, y quemarlo completamente sobre el altar, como "holocausto de olor grato para Jehová, es ofrenda quemada a Jehová" (Ex 29:18). El segundo carnero lo usaría para consagrar a Aarón y sus hijos al servicio a Jehová. La grasa de éste, junto a algunos panes sin levadura de la canasta, serían alzadas como ofrenda mecida, y las haría arder sobre el holocausto en el altar "por olor grato delante de Jehová. Es ofrenda encendida a Jehová" (Ex 29:25). Partes del carnero serían destinada como alimento a Moisés, y a Aarón y sus hijos.   

En este pequeño resumen sobre la consagración de Aarón y sus hijos, podemos ver que el que hacía las cosas era Moisés, el mediador entre Jehová y los que iban a ser consagrados. Aquí no dice que Aarón y sus hijos tenían que ir a la puerta de reunión, sino que Moisés los llevaba; tampoco dice que ellos se lavaron y se vistieron las túnicas, sino que el mediador era quien lo hacía.  

Por otro lado, tres animales iban a ser sacrificados como sustitutos de aquéllos que estaban siendo consagrados, quienes debían poner sus manos sobre las cabezas de las víctimas del sacrificio, en señal de que les traspasaban sus pecados y rebeliones, a fin de que éstas los llevaran consigo a la muerte, y así, los que serían sacerdotes de Dios, quedaran limpios y, por tanto, reconciliados con Dios. 

Si tenemos en mente que estas ceremonias eran sombra del verdadero sacrificio que el Mesías iba a llevar a cabo a favor de los hombres, podemos destacar que Jesús no sólo es el Mediador del nuevo Pacto, —como lo fue Moisés del antiguo—, Él es el protagonista en toda la obra: Jesús es el que llama, y también es la ofrenda por el pecado, el holocausto, y el carnero de consagración de los sacerdotes, representada en los tres animales. Él "se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante" (Ef 5:2). Fue Él, no nosotros, quien nos lavó del pecado con Su Sangre derramada en el altar, que es la cruz, y Él, quien nos vistió de Su justicia. Por último, habiendo sido nombrado por Dios Sumo Sacerdote eterno, y "habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas" (He 1:3), y "nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre" (Ap 1:6).

Con este entendimiento, ahora podemos ver que, cuando nos humillamos ante el Señor, tras haber reconocido nuestra miseria espiritual y la necesidad de ser redimidos por Él, por fe, Su justicia nos es imputada; y luego de ese glorioso intercambio (mis pecados por Su justicia), "para Dios somos el fragante aroma de Cristo" (2Co 2:15-16 RVC) que sube hasta Su trono en las alturas. 

En otras palabras: todo aquél que dobla sus rodillas ante Jesús, y rinde a Él su vida es como ese perfume de gran valor que fue derramado a los pies del Señor.



MUJERES QUE SIRVIERON A JESÚS

Luego de esto, Jesús anduvo recorriendo todas las ciudades y aldeas predicando el evangelio del reino de Dios. Le acompañaban sus doce apóstoles y algunas mujeres a las cuales Jesús había sanado de espíritus malos y enfermedades. Entre ellas, estaba María, procedente de Magdala, conocida como María Magdalena, de la cual había expulsado siete demonios; Juana, mujer de Chuza, intendente de Herodes, y Susana; así como tantas otras que le servían con sus propios recursos. (8:1-3)

* No obstante la creencia popular, en ninguna parte de la Biblia dice que María Magdalena era prostituta. Al respecto, existen algunas especulaciones que explican cómo alguien llegó a esa conclusión, pero no son más que eso. Cuando se habla de posesión demoníaca, se puede estar hablando de personas dominadas por la lujuria, envidia, adicciones, orgullo, maledicencia, ira, codicia, o que practican brujería, adivinación, etc., pero no necesariamente se trata de pecados sexuales, así que hay que tener cuidado con creer todo lo que se dice, a veces con muy mala intención.

** Durante su ministerio terrenal, Jesús permitió, sin discriminar, la participación de todo el que quisiera seguirle. Las mujeres en aquel tiempo eran consideradas inferiores. De hecho, había un rezo entre los judíos que dice: "Bendito seas Señor, por no haberme hecho esclavo, mujer o gentil”. Sin embargo, Jesús no hizo acepción de personas, y ellas llegaron a formar parte de los discípulos del Señor. Incluso, más tarde, las vemos muy activas en servir a la iglesia para propagar la buena noticia, lo que sabemos gracias al testimonio que dan dos grandes apóstoles como Pablo y Juan en sus epístolas. La Escritura afirma que, en el cuerpo de Cristo no hay diferencia entre hombres y mujeres; todos son hechos hijos de Dios por la fe en Jesús.


LA SIEMBRA Y LA COSECHA


Habiéndose reunido una gran multitud, procedente de distintas ciudades, Jesús les habló en parábolas, diciendo: "El sembrador salió a sembrar su semilla; y mientras sembraba, una parte cayó junto al camino, y fue hollada, y las aves del cielo la comieron. Otra parte cayó sobre la piedra; y nacida, se secó, porque no tenía humedad. Otra parte cayó entre espinos, y los espinos que nacieron juntamente con ella, la ahogaron. Y otra parte cayó en buena tierra, y nació y llevó fruto a ciento por uno". Y agregó: "El que tiene oídos para oír, oiga". Sus discípulos le preguntaron qué significaba lo que había dicho. Él les respondió: "A vosotros os es dado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los otros por parábolas, para que viendo no vean, y oyendo no entiendan". Entonces les explicó la parábola diciendo: "La semilla es la palabra de Dios. Y los de junto al camino son los que oyen, y luego viene el diablo y quita de su corazón la palabra, para que no crean y se salven. Los de sobre la piedra son los que, habiendo oído, reciben la palabra con gozo; pero estos no tienen raíces; creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan. La que cayó entre espinos, éstos son los que oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto. Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia" (8:4-15).

* La Palabra de Dios es como una pequeña semilla que, una vez sembrada en el corazón, permanece allí, hasta que Dios dispone que deba germinar; sin embargo, como lo explicó el Señor (vv.11-15), no todos los suelos donde se siembra están preparados para que ésta crezca y dé fruto. 

El contexto en el cual Jesús dijo esta parábola representaba exactamente lo que quería enseñar a través de la parábola. Había una gran multitud viéndole y escuchándole (v.4), pero, lo más probable es que no todos venían atraídos por el mensaje, sino por curiosidad, para conocer al famoso "hacedor de milagros". En otras palabras, mientras Jesús sembraba la semilla, ésta iba cayendo en todo tipo de suelos, pero sólo parte lo hacía en tierra fértil. Muchos de los presentes estaban viendo, pero no veían, estaban oyendo, pero no podían entender (v.10).  

Lamentablemente, este tipo de invalidez es más común de lo que uno piensa. De hecho, todos la padecemos hasta que Cristo, por Su Gracia, nos alumbra, y nos da entendimiento, para que, oyendo, tengamos fe y podamos ser salvos. "Pero el hombre natural (que no tiene el Espíritu de Cristo morando en él, porque no ha sido regenerado) no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente" (1Co 2:14).

Una tierra fértil es un corazón dispuesto a ser moldeado; un corazón que, al oír el mensaje, es convencido de su pobreza espiritual, y reconoce que, alejado de Dios, no puede salir de esa condición, y anhela ser rescatado. Entonces, contrito y arrepentido se humilla ante el Señor, y le entrega su miserable vida, para recibir a cambio una vida nueva que, con la ayuda y guía del Espíritu Santo en él, la puede vivir para la Gloria de Aquél que lo llamó.  

También dijo Jesús que la luz no se oculta, sino que se pone en un candelero para que, los que entran, puedan ver. "Porque no hay nada escondido que no llegue a descubrirse ni nada oculto que no llegue a conocerse públicamente" (NVI). Por tanto, dijo: "Mirad, pues, cómo oís; porque a todo el que tiene, se le dará; y a todo el que no tiene, aun lo que piensa tener se le quitará" (8:16-18).

* Jesús sigue hablando de la Palabra que se siembra como una semilla. Tal como en el principio, Dios mandó: "Sea la luz; y fue la luz" (Gn 1:3), la Palabra de Dios es luz para el que oye. A través de ella, "Dios da a conocer (a los que oyen) sus malas obras y la insolencia de sus rebeliones. Les abre los oídos para que se corrijan, y los exhorta a apartarse del mal. Si obedecen a Dios y le sirven, Dios les concede días de paz y bienestar; pero si no obedecen, la espada les espera y mueren sin llegar a tener entendimiento." (Job 36:9-12 RVC). Porque "la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón. No hay cosa creada oculta a Su vista, sino que todas las cosas están al descubierto y desnudas ante los ojos de Aquél a quien tenemos que dar cuenta" (He 4:12-13 NBLA), por eso, Jesús dice: "nada hay oculto, que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de ser conocido, y de salir a luz" (v.17).  

El Señor está llamando a través del mensaje del evangelio, pero no todos los que oirán se arrepentirán, por eso, advierte: "cuidado de cómo oyen; porque al que tiene, más le será dado; y al que no tiene, aun lo que cree que tiene se le quitará" (v:18 NBLA). 

Por cuanto "muchos son llamados, y pocos escogidos" (Mt 22:14), Pablo escribió a los efesios que él siempre oraba por ellos —y, sin dudas, es una oración por todo nuevo creyente—, diciendo: "pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, les dé espíritu de sabiduría y de revelación en un mejor conocimiento de Él. Mi oración es que los ojos de su corazón les sean iluminados, para que sepan cuál es la esperanza de Su llamamiento, cuáles son las riquezas de la gloria de Su herencia en los santos, y cuál es la extraordinaria grandeza de Su poder para con nosotros los que creemos, conforme a la eficacia de la fuerza de Su poder" (Ef 1:17-19 NBLA).  

 

LA VOLUNTAD DE DIOS, POR SOBRE LO DEMÁS

La madre y los hermanos de Jesús vinieron hasta donde él estaba, pero no podían entrar por causa de la multitud; entonces, mandaron decir a Jesús: "Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte". Mas Jesús, respondiendo, dijo: "Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen" (8:19-21).

* En el libro de Marcos dice que se había juntado tanta gente, que ni siquiera podían comer pan, y que "Cuando lo supieron los parientes de Jesús, fueron a llevárselo, pues decían que se había vuelto loco" (Mr 3:21 NBLA). De modo que la respuesta de Jesús no era un rechazo a su familia de sangre, sino a las motivaciones que su madre y sus hermanos tuvieron para venir hasta Él. En medio de esa aglomeración, Jesús estaba haciendo la Voluntad del Padre, y su familia estaba interfiriendo con ella, creyéndolo fuera de sí. Porque toda esa multitud se había reunido para oír a Jesús, y recibir de Él lo que necesitaba para volverse al Padre, cumpliéndose así los propósitos para los cuales Dios había enviado a Jesús a la tierra.

La reacción de Jesús no estaba fuera de lugar, sino que cumplía con lo que Él mismo demandaba de sus seguidores: "Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo" (Lc 14:26). Jesús no dejó de amar a su madre o a sus hermanos de sangre, pero no podía condescender, porque era necesario cumplir la Voluntad de su Dios y Padre en primer lugar. 

Además, recordemos que los hermanos de Jesús sólo creyeron que Él era el Mesías cuando lo vieron resucitado. Antes de eso, conforme a lo que escribe Juan en su evangelio, éstos se burlaban de su hermano mayor, "Porque" —el apóstol comenta— "ni aun sus hermanos creían en él" (Jn 7:5). Pero la resurrección del Señor produjo en ellos una gran renovación de sus mentes y corazones, lo cual podemos constatar por las mismas Escrituras, donde dos de ellos, —Santiago y Judas—, llegaron a referirse a sí mismos como "siervos de Jesucristo", cuando escribieron las epístolas que conocemos por sus nombres, las cuales, por su rico contenido doctrinal, están incluidas en el canon bíblico. 

 

Uno de esos días, estaba Jesús junto a sus discípulos en una barca y les pidió que llevaran la barca hasta la otra orilla. Pero mientras navegaban, Jesús se durmió, y se desencadenó una tormenta tan fuerte, que la barca comenzó a anegarse y peligraban sus vidas. Entonces vinieron a Él, y lo despertaron diciendo: "¡Maestro, Maestro, vamos a ahogarnos!" (PDT). Levantándose, Jesús reprendió al viendo y a las olas, y sobrevino la calma. Entonces, dirigiéndose a sus discípulos, preguntó: "¿Dónde está la fe de ustedes?" (NBLA). Viendo lo sucedido, los discípulos quedaron asombrados, y se decían unos a otros: "¿Quién es éste, que aun a los vientos y a las aguas manda, y le obedecen?" (8:22-25).

* ¿Quién es éste? pues, Éste era nada menos que el Logos por medio del cual "Dios creó todo lo que existe en los lugares celestiales y en la tierra. Hizo las cosas que podemos ver y las que no podemos ver, tales como tronos, reinos, gobernantes y autoridades del mundo invisible. Todo fue creado por medio de él y para él. Él ya existía antes de todas las cosas y mantiene unida toda la creación" (Col 1:16-17 NTV). Él tiene autoridad sobre su creación, de modo que, "aun a los vientos y a las aguas manda, y le obedecen" (v.25).

** ¿Por qué Jesús cuestiona la fe de los discípulos?

El asombro de los discípulos tras ver el poder de Jesús demuestra que ellos aún divagaban en sus mentes de si Él era o no el Hijo de Dios. El miedo que les embargó evidenciaba su frágil fe. Si ellos hubieran realmente creído que Jesús era el Salvador, habrían descansado en la confianza de saber que Él los había escogido, no para perecer en medio de una tormenta, sino con un propósito que aún estaba por cumplirse, por tanto, mientras permanecieran con Él, estarían seguros, de modo que, en vez de reaccionar con la desesperación que lo hicieron, sólo hubiera bastado que lo despertaran para que calmara los vientos y las aguas.

Pero los creyentes de hoy en día no debemos sorprendernos de la reacción de los discípulos de antaño, pues, no somos muy diferentes. No me cabe duda de que, muchas veces, el Señor nos sigue preguntando: "¿Dónde está la fe de ustedes?" (v.25). 

La actitud con que enfrentamos las pruebas y tribulaciones evidencian si nuestra fe es fuerte o débil. Una gran fe no es sinónimo de obtener lo que queremos, porque, si es la Voluntad de Dios, esas aflicciones podrían acompañarnos hasta la muerte, o incluso llevarnos a la muerte; sino que tiene que ver con cuánta entereza, confianza, humildad y mansedumbre las sobrellevamos. Tener fe es descansar en la confianza de que nuestro Dios soberano nunca nos hará atravesar por pruebas sin un buen propósito. Es muy probable que, mientras sigamos en estos cuerpos, no tendremos explicación de Sus motivaciones, pero, sin dudas, cuando le veamos cara a cara en la resurrección de los muertos, entenderemos, y entonces daremos gracias por lo que Él estaba haciendo en nosotros, o por medio de nosotros, durante esos difíciles tiempos.


EL EVANGELIO DE JESUCRISTO

Ocurrió que, habiendo llegado a la región de los gadarenos —que está en la ribera opuesta a Galilea—, salió al encuentro de Jesús un hombre endemoniado desde hacía mucho tiempo, que estaba desnudo y no moraba en una casa, sino en los sepulcros. Aunque la gente lo ataba con cadenas y grillo, lograba romperlas, y era empujado por el demonio a huir a lugares desiertos.  Cuando éste vio a Jesús, lanzó un grito y se postró a sus pies, diciendo: "¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes", porque Jesús mandaba al espíritu salir del hombre. Jesús le preguntó por su nombre, y el demonio respondió que se llamaba "legión", porque eran muchos. Éstos rogaban a Jesús que no los enviase al abismo, sino que les permitiese entrar en un hato de cerdos que pacían en el monte, y el Señor les dio permiso. En cuanto entraron en los cerdos, éstos se precipitaron por un despeñadero al lago y se ahogaron. Cuando los que apacentaban a los cerdos vieron esto, huyeron, y fueron a contar a los del pueblo lo sucedido, quienes, al oírlos, se dirigieron al lugar de los hechos y, viendo al hombre que había estado endemoniado sentado a los pies de Jesús, vestido, y en su cabal juicio, sintieron gran temor, y rogaron a Jesús que se fuera. Entonces Jesús y los discípulos subieron a la barca y se devolvieron. En cuanto al hombre que había sido sanado, éste rogaba a Jesús que le permitiese permanecer con Él, pero Jesús lo despidió, diciendo: "Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo". Y el hombre obedeció, y fue proclamando por toda la ciudad cuán grandes cosas Jesús había hecho por él. (8:26-39).

* Si leemos esta historia con atención, veremos que es el evangelio en una parábola. No estamos diciendo que no ocurrió, sino que es una buena representación del estado en que se encuentra la humanidad sin Cristo, esclava de Satanás, muerta en sus delitos y pecados, viviendo en un mundo arruinado por la corrupción, que, a pesar de saber que Dios existe y que le ofrece salvación por medio de Su Hijo, en vez de recibirlo con gratitud y gozo, y de alegrarse por uno que fue rescatado de esa miserable vida, elige rechazar a Jesús y seguir viviendo de lo que los cerdos le generan, los cuales no hacen más que comer lo que les dan y disfrutan revolcarse en la porquería donde viven, tal como todo el que está embriagado por los engaños del diablo. En tanto que, el que fue rescatado del poder demoníaco, éste recibe mandato del Señor de ir y proclamar por las calles lo que Jesús hizo por él. 

Desmenucemos la historia:  

- v.26 La región de los gadarenos —que queda en la ribera opuesta a Galilea, la región que se convirtió en el escenario principal donde Jesús desarrolló su ministerio terrenal— simboliza al mundo dominado por Satanás. 

- v.27 El endemoniado estaba desnudo, —lo que representa estar desprovisto de la cobertura de Dios, separado de Él por causa del pecado— y vivía en los sepulcros, equivalente a la vida en el mundo, donde reina la muerte como consecuencia del pecado dominante. 

- v.28 el demonio se postró a los pies de Jesús, lo que indica que Jesús es más poderoso, porque es el Hijo de Dios, y viene de Dios. Los que tenemos el Espíritu de Cristo morando en nosotros somos más que vencedores, porque los demonios no pueden contra el que está en nosotros. "Mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo" (1Jn 4:4), dijo el apóstol Juan a los creyentes. 

- v.29 Cuando el endemoniado era atado con grillos y cadenas volvía a desatarlas. Esto significa que las soluciones que el mundo da a las ataduras del hombre son sólo pasajeras. Cuando combaten una adicción, por ejemplo, ésta suele ser reemplazada con otra. Sólo Cristo puede sanar desde la raíz. Jesús dijo que "Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, pasa por lugares áridos buscando descanso y no lo halla. Entonces dice: “Volveré a mi casa de donde salí”; y cuando llega, la encuentra desocupada, barrida y arreglada. Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus más depravados que él, y entrando, moran allí; y el estado final de aquel hombre resulta peor que el primero" (Mt 12:43-45 NBLA). 

- v.30 Una sola persona puede estar poseída por varios demonios. Jesús expulsó siete demonios de María de Magdala. La posesión demoniaca no necesariamente se manifiesta de forma escandalosa. Puede estar solapada bajo la imagen de una persona cuerda, pero llena de malos hábitos, sentimientos y motivaciones. Hablamos, por ejemplo, de gente dominada por la ira, la violencia, la envidia o el miedo; o una persona corrupta, codiciosa, manipuladora o adicta al alcohol, sexo, juegos, drogas, etc.. O alguien a quien no le importa hacer daño a otros con tal de obtener beneficios personales; en fin, podríamos seguir enumerando, pero éstos son sólo algunos ejemplos.  

- vv.31-32 Los demonios pidieron permiso a Jesús para ir al hato de cerdos. Esto es porque no pueden hacer lo que quieran, pues, están bajo la autoridad de Jesús, y sólo si Él les da permiso —siempre conforme a los perfectos propósitos y Voluntad de Dios—, éstos actúan, pero no pueden salirse de los límites que el Señor impone. 

Ambrosio de Milán, uno de los padres de la iglesia primitiva, al analizar estos versículos, dijo: "el hombre es el autor de su desgracia; porque si no viviese como los puercos, nunca el demonio recibiría poder sobre él" (cita extraída de la "Biblia de Estudio Patrística, Siglos I al VI, La Sabiduría del Cristianismo Antiguo", Editorial Clie). En otras palabras, los demonios sólo pueden tomar posesión de alguien que escoge vivir como un cerdo, es decir, que ama consumir la basura que el mundo le ofrece, y revolcarse en esa inmundicia. Pero cuando el Espíritu de Jesús mora en una persona por la regeneración, es imposible que los demonios la posean.

- v.33 El hato de cerdos se precipitó a la muerte tan pronto entraron los demonios en ellos. El que no tiene a Cristo es porque ha rechazado el evangelio, de modo que, esté poseído o no por demonios, vive bajo la influencia de Satanás, por tanto, está condenado a la muerte eterna.

- vv.34-36 Los que viven de criar cerdos no están dispuestos a renunciar a las ganancias que obtienen de ese oficio; y no estamos hablando del oficio propiamente tal, sino de lo que éste representa en la historia: son los que mantienen a los del mundo entretenidos, y alimentan sus adicciones, porque les traen ganancias, haciéndolos esclavos de sus debilidades. No saben de ética ni moralidad, rechazan a Dios y su justicia, y se aferran a las riquezas de esta vida, aprovechándose de la vulnerabilidad de la gente, sin importar a quien dañan con tal de mantener sus negocios lucrativos. 

- v.37 Los habitantes de la región pidieron a Jesús que se fuera; así mismo sucede con los que aman al mundo: rechazan a Jesucristo. 

- vv.38-39 Aquél que fue sanado es enviado a proclamar a los suyos lo que Jesús hizo por él, tal como todo creyente es comisionado para la obra del Señor: "id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado" (Mt 28:19-20). 

** Los demonios tienen el poder de convertir a cualquier ser humano sin Cristo en un despojo. Muchos son los hombres y mujeres que, amando el poder, las riquezas, la vanagloria y los placeres mundanos, han caído bajo la influencia de estos espíritus malignos que los embriagan con las tentaciones y los hacen perder el dominio propio, quedando presos de sus concupiscencias hasta perderse, de lo cual sólo pueden escapar cuando reconocen su bancarrota espiritual, y piden ayuda al Señor para que los salve.

Nabucodonosor es un buen ejemplo. Un rey muy poderoso que, habiendo conocido el poder del Dios de Israel, se olvidó de Él, e hizo un ídolo de sí mismo, y levantó una estatua de oro en su honor, y se exaltaba a sí mismo atribuyéndose el poder de haber llevado un reinado exitoso en Babilonia, olvidando que de Dios vienen las victorias, éxitos y buena vida. Tal olvido lo llevó a caer estrepitosamente, perdiendo la razón, llegando incluso a comer pasto como los animales. Sólo después de muchos años, cuando reconoció que todo provenía de Jehová, fue restituido como rey, y escribió: "Mas al fin del tiempo yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades. Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces? En el mismo tiempo mi razón me fue devuelta, y la majestad de mi reino, mi dignidad y mi grandeza volvieron a mí, y mis gobernadores y mis consejeros me buscaron; y fui restablecido en mi reino, y mayor grandeza me fue añadida. Ahora yo Nabucodonosor alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos; y él puede humillar a los que andan con soberbia" (Dn 4:34-37).

No todo está perdido para el que cae presa de las influencias del enemigo, porque, si reconoce su miseria y mira hacia arriba, pidiendo al Señor que lo rescate, no será rechazado, porque el Señor nunca desprecia un corazón contrito y humillado que clama a Él. 

*** Todo nuevo creyente que recibe a Cristo pierde el miedo a la muerte, de modo que, no es raro que muchos anhelen descansar de los afanes de este mundo, e ir a donde el Señor está, pero, igual que el apóstol Pablo reflexionaba, diciendo que, aunque deseaba partir para estar con Cristo, sabía que seguir viviendo era conveniente para continuar la obra de evangelización, nosotros, los que hemos recibido la vida eterna por la fe en la sangre de Jesús, aunque ya no somos del mundo, tenemos que permanecer en el mundo, a fin de dar fruto para el reino, llevando las buenas nuevas a otros, enseñándoles y mostrándoles cuán grandes cosas el Señor ha hecho por nosotros (vv.38-39), de modo que muchos más también crean y sean salvos.


PASANDO DE MUERTE A VIDA

De regreso, la multitud que lo aguardaba recibió a Jesús con gozo. Entonces vino Jairo, líder de la sinagoga, quien, postrándose a sus pies, le rogaba que fuera a su casa y salvase a su hija, de unos doce años, que estaba muriendo. Mientras iba, se acercó a Jesús una mujer que padecía de flujo de sangre desde hacía doce años, y todo su dinero lo había gastado tratando de sanarse, pero ningún médico lo había conseguido. Ella se acercó por detrás, y al tocar el manto de Jesús fue sanada instantáneamente. Jesús preguntó: "¿Quién es el que me ha tocado?" Todos negaban, y los discípulos le dijeron que era imposible saber quién lo había hecho, pues, todos lo apretaban; pero Jesús respondió: "Alguien me ha tocado; porque yo he conocido que ha salido poder de mí". La mujer, al ver que no podía ocultarlo, confesó ante el pueblo que ella lo había hecho, y explicó los motivos que la impulsaron a hacerlo, y cómo al instante había sido sanada. Entonces Jesús le dijo: "Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz". Aún estaba hablando, cuando vino un líder de la sinagoga a decir a Jairo que su hija había muerto, pero al oírlo Jesús, le dijo: "No temas; cree solamente, y será salva". Cuando entró a la casa, Jesús no permitió que nadie más entrara, excepto Pedro, Jacobo y Juan, además de la madre y el padre de la niña, y ordenó a los que endechaban: "No lloréis; no está muerta, sino que duerme". Cuando lo oyeron, comenzaron a burlarse, porque sabían que había muerto. Pero Jesús, tomándola de la mano, clamó diciendo: "Muchacha, levántate", y su espíritu volvió, y ella inmediatamente se levantó, entonces, Jesús ordenó que le dieran de comer. Los padres de la niña quedaron atónitos, y Jesús les pidió que no contasen a nadie lo sucedido. (8:40-56).

* Aquí tenemos dos milagros maravillosos que Jesús realizó públicamente, confirmando que era el Mesías enviado por Dios. Sin embargo, no sólo quedaron escritos para demostrar que la fe en Jesucristo salva, sino, porque, a través de estas dos historias, igual como la historia previa del endemoniado que encerraba una parábola, a través de estos hechos se estaba revelando que el pacto mosaico, que pide obras para salvar, estaba próximo a su fin, ya que, se iba a dar inicio al pacto sempiterno o nuevo pacto de la Gracia que salva por fe, anunciado por los profetas y mediado por el Hijo de Dios, quien ya se encontraba ejerciendo su ministerio terrenal en medio de Israel.

Analicemos versículo a versículo para entender:

-  La multitud esperaba a Jesús y lo recibió con gozo (v.40). Cuando Jesús hizo su aparición pública, Israel vivía bajo la opresión del imperio romano, y había gran efervescencia entre los judíos, y muchas revueltas populares, buscando ser librados de esa opresión. En ese contexto, la promesa de la venida del Mesías había resurgido con gran fuerza en medio del pueblo judío. 

Aunque por el evangelio de Juan, sabemos que no todos lo recibieron, muchos, en especial, los más humildes, se llenaron de gran gozo cuando reconocieron en Jesús al Mesías de Jehová.

- v.41 Jairo no era un hombre común, era un líder de la sinagoga local; es decir, en la historia, tal como quedó escrita, representaba al sistema religioso imperante en Israel. 

-  Jairo vino hasta Jesús clamando por sanidad para su hija de doce años que estaba muriendo. En seguida, una mujer se acercó a Jesús, quien hacía doce años padecía flujo de sangre, sin haber encontrado remedio para su mal (vv. 42-43). El número doce es común para ambas mujeres, lo que nos hace pensar que ambas son una: la nación de Israel y sus doce tribus. La niña agonizante simboliza el pacto mosaico que estaba por quedar obsoleto, y la mujer menstruosa, las ceremonias de sacrificio de sangre asociadas a ese pacto, que ya no serían necesarias, por cuanto, no mucho tiempo después, se iba a llevar a cabo el sacrificio del Cordero provisto por Dios en la persona de Su Hijo Unigénito, cuya sangre haría expiación definitiva por los pecados del mundo, dando inicio al Nuevo Pacto de la Gracia.

- La mujer con flujo de sangre había gastado todo su dinero en médicos que no habían logrado sanarla (v.43). Esto habla de la ineficacia de las ceremonias de derramamiento de sangre ordenadas por la Ley, "porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados" (He 10:4), pues, sólo el ser humano fue hecho a imagen y semejanza de Dios. Es decir, se necesitaba un sacrificio superior, el de un hombre que no trajera el pecado de Adán, que fue heredado a toda su descendencia después de él. Con ese fin, el Santo Hijo Unigénito de Dios fue concebido por el Espíritu Santo en una mujer virgen, ya que era necesario que el Salvador naciera en el mundo a nuestra semejanza, para poder morir en nuestro lugar. "Pues, ciertamente, no vino en auxilio de los ángeles, sino de los descendientes de Abraham" (He 2:16 NVI). "En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre" (He 10:10), si creemos que Él pagó en nuestro lugar.  

- La mujer menstruosa tocó el manto de Jesús (v.44). El manto representa cobertura, compromiso. A través del profeta Ezequiel, Jehová cuenta lo que hizo cuando vio a Jerusalén, desnuda, abandonada y cubierta de sangre, y tuvo misericordia de ella. Entonces, tal como un hombre escoge a la que va a ser su esposa, la escogió para entrar en pacto con ella. Y dijo el Señor: "Yo pasé junto a ti, y te vi sucia en tus sangres, y cuando estabas en tus sangres te dije: ¡Vive! Sí, te dije, cuando estabas en tus sangres: ¡Vive!" (...) "Y pasé yo otra vez junto a ti, y te miré, y he aquí que tu tiempo era tiempo de amores; y extendí mi manto sobre ti, y cubrí tu desnudez; y te di juramento y entré en pacto contigo, dice Jehová el Señor, y fuiste mía. Te lavé con agua, y lavé tus sangres de encima de ti, y te ungí con aceite; y te vestí de bordado, te calcé de tejón, te ceñí de lino y te cubrí de seda" (Ez 16:6,7-10).  

Jesús es el novio que vino a morir por su prometida, que es la iglesia, a la cual le dio vida en Su resurrección, apartándola para sí, a fin de prepararla para recibirla como esposa el día en que se celebre lo que conocemos como las bodas del Cordero con la Nueva Jerusalén, cuando el tiempo se cumpla.  

La mujer tocó el manto de Jesús, buscando en Él la remisión de su mal. En esa acción, ella estaba mostrando que, lo que necesita Israel, el pueblo del pacto mosaico, para ser salvo es reconocer que Jesús es el Mesías enviado por Dios, y depositar su fe en Él, porque la fe en Su sangre es suficiente para tener vida eterna, pues, con Su invaluable sacrificio puso fin a las continuas ceremonias de derramamiento de sangre.

- Jesús sintió que había salido poder de Él cuando la mujer lo tocó y fue sanada (vv.45-48). Sólo Dios sabe quién verdaderamente ha creído para salvación, porque sólo Él conoce el corazón del que dice ser cristiano. Lamentablemente, el Señor advirtió que "Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad" (Mt 7:22-23)

-  Vinieron a avisar a Jairo que su hija había muerto, pero Jesús le dijo que no temiera, y que sólo debía creer, y su hija sería salva (vv. 49-53). Muchos piensan que la iglesia de Jesucristo es el fin de Israel, pero lo cierto es que la iglesia es la congregación de los que han pasado de muerte espiritual a vida eterna (judíos y gentiles), por la fe en Jesucristo, gracias a la presencia del Espíritu Santo de Dios que viene a hacer su morada en ellos cuando creen y se arrepienten, dándoles la nueva vida. El Espíritu de Dios en nosotros los creyentes "es el anticipo que nos garantiza la herencia que Dios nos ha de dar, cuando haya completado nuestra liberación y haya hecho de nosotros el pueblo de su posesión, para que todos alabemos su glorioso poder" (Ef 1:14 DHH).

Con respecto a la nación de Israel, la Escritura afirma que "aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia" (Ro 11:5 RVC), es decir, que está siendo llamado a ser salvo por la fe en Jesucristo, igual que los gentiles (no por las obras de la Ley). Pues, "la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes" (Ga 3:22); en otras palabras, "Dios sujetó a todos por igual (judíos y gentiles) a la desobediencia, con el fin de tener compasión de todos por igual." (Ro 11:32 DHH). 

Reafirmando lo anterior, también Pablo escribió que "a Israel le ha acontecido un endurecimiento parcial hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles" (Ro 11:25 NBLA), pero, "si ellos (los judíos) dejan de ser incrédulos, serán injertados (al olivo del cual fueron desgajados por su incredulidad), porque Dios tiene poder para injertarlos de nuevo" (Ro 11:23 NVI). "Así, todo Israel será salvo" (Ro 11:26 NBLA).

Ahora, cabe preguntarse: ¿Cuál es el Israel que será salvo? La respuesta va a dejar perplejos a algunos: no es la nación, sino el Israel conformado por los que han sido adoptados como hijos de Dios por la fe en Jesús, "porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos" (...) "Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes" (Ro 9:6-7, 8), porque "los que son de fe, estos son hijos de Abraham. Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones. De modo que los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham" (Ga 3:7-9). En otras palabras, los que tienen el Espíritu Santo de Dios morando dentro de ellos por la fe en Jesucristo, que es la simiente a quien se hizo la promesa, son el Israel a quien Jehová hizo la promesa. 

El resto —judíos y gentiles que ignoran o rechazan a Jesucristo— son sólo criaturas de carne y sangre que, por su condición, es decir, porque no tienen el Espíritu Santo que les da nueva vida, siguen condenados al fuego eterno, por tanto, no heredarán el Reino de los cielos, a menos que se arrepientan.

-  Jesús llamó a la niña muerta, y ella, al oír su voz, resucitó (vv.54-55). En este tiempo, Jesús está llamando no sólo a los gentiles a la fe y arrepentimiento, sino también al remanente de los judíos escogidos para ser salvos por gracia, que se han negado a oír. Como dice la Escritura que ya citamos: "si el pueblo de Israel abandona su incredulidad, volverá a ser injertado, pues Dios tiene poder para volver a injertarlo en el árbol" (Ro 11:23 NTV). En cuanto ellos oyen, creen que Jesucristo es su Mesías y se arrepienten de haber matado al Dador de vida, el Espíritu Santo viene a morar en ellos, dándoles nueva vida, para salvación eterna. Porque "Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó (a los que escogió: judíos y gentiles), aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia ustedes han sido salvados), y con Él nos resucitó y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús" (Ef 2:4-6).

En Cristo, ya no hay diferencia entre judíos y gentiles, y juntos conformamos la iglesia, el templo de Dios en la tierra, "pues Cristo mismo nos ha traído la paz. Él unió a judíos y a gentiles en un solo pueblo cuando, por medio de su cuerpo en la cruz, derribó el muro de hostilidad que nos separaba (...) Hizo la paz entre judíos y gentiles al crear de los dos grupos un nuevo pueblo en él. Cristo reconcilió a ambos grupos con Dios en un solo cuerpo por medio de su muerte en la cruz, y la hostilidad que había entre nosotros quedó destruida" (Ef 2:14-16 NTV).   

- Después de resucitar a la niña, Jesús mandó que le dieran de comer (v.55). El discipulado es esencial para que el nuevo creyente se nutra y crezca en el conocimiento de Dios y de Su Hijo, el Señor Jesucristo, a fin de que su salud espiritual permanezca en óptimas condiciones. Además de recibir instrucción como nuevo creyente, es deber de cada hijo de Dios consumir la Palabra de Dios diariamente para que su fe se fortalezca, y no sea engañado por falsas doctrinas y creencias inventadas por los hombres, que se parecen a la Verdad, pero que no hacen más que destruir la obra de Dios.

Lo que esto quiere decir es que, si Israel (y todo el que esté buscando) se vuelve a su Mesías, y come su cuerpo y bebe su sangre, como dijo Jesús, es decir, si cree que Él dio su vida y derramó su sangre como su sustituto para pagar sus pecados, será salvo. Ya no quedan más sacrificios, y el que rechaza la propiciación del Hijo de Dios, no podrá entrar en el reposo de Jehová, porque la Escritura afirma tajantemente: "El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él" (Jn 3:36).


 

 (Continuar Estudio en Lucas IV - en construcción)




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